15.6.04

La Cura (obra de teatro... fragmento final)



Tercer Cuadro

En un cuarto blanco reposa el liviano cuerpo de Ariana con aparente tranquilidad. Hay en el aire cierta tensión aunque no se perciba ningún tipo de sonido. Junto a la blanca cama de hospital en donde la somnolienta Ariana ha dormitado por varios días, se encuentra, sentada en una silla bastante incómoda a la vista, su hermana Isabel. Ella toma entre las suyas temblorosas y agitadas, las manos de su hermana que parecen inertes ramas de un árbol joven. Por un momento pareciese que Ariana despertóse, pero simplemente fue un impulso de su angustioso inconsciente. Isabel retoma su postura guardiana cuando rechina la puerta al otro lado de la sala. Aparece Claudia; ella es el punto medio entre Ariana e Isabel. Su cara es el vivo fuego del mismo infierno.


- Ya vienen para acá - dice a Claudia en tono suave mientras se acerca a ver a Ariana que sigue dormida.
Isabel habla con compasión como si se lo estuviera diciendo a Ari - Es imposible que le estén haciendo esto.
- Lo se bien, ¿pero qué podemos nosotras hacer sino esperar?
- ¡Esperar a qué! - Isabel mira a su hermana como si quisiese que se tragara sus palabras - Hemos tratado de localizar a Alberto por todos lados y ¡nada! Parece que se lo ha tragado la tierra.
- ¿Ya buscaste a Susy?
- Si.
- ¿Y no te dijo nada? - Claudia parece impaciente.
- Tampoco tiene idea de dónde pueda estar. Buscó entre todas sus cosas y halló un teléfono, pero no supieron de él.
- ¿Y has hablado con las demás?
- ¡Por supuesto que he hablado a casa de todas; de absolutamente todas! - recordando que Ariana duerme, Isabel baja la voz - Pero nadie supo decirme nada.
- ¡Hay Dios mío! Isabel, ¿qué vamos a hacer?
- ¿Ahora ves claro porqué digo que ya no hay nada que esperar?
-. . . Solo un milagro - Claudia señala hacia la puerta - Ellos están dispuestos a todo y sinceramente jamás pensé que llegaran a tanto. - Luego trata de imaginar algún plan y dice algo sólo por decir - ¿Y si la sacáramos de aquí? Debe haber alguna forma. . . Tal vez si tú te quedas en su. . .
- ¡Hay porfavor Claudia! Ni que fuera esto una película de acción. ¿Qué no has visto al gorila que parasita fuera de este cuarto? Parece que ni siquiera va al baño. No hay forma alguna de salir si no es pasando junto a aquella montaña de carne molida.
- Si, si, ya sé. Pero entonces ¿qué hacemos? Traté de hablar con papá pero de nada funciona; si no te escucha a ti menos lo va a hacer conmigo ¡Se ha quedado más sordo que nadie! No me escuchó; ni siquiera me volteó a ver, simple y sencillamente me ignoró.
- Es que tenemos que encontrar a Beto ¡Tiene que saber lo que le van a hacer a Ariana!

Isabel nota que Claudia se ha quedado pensando, después de un momento ésta cierra los ojos y niega con la cabeza mientras murmura un “Es imposible” que Isabel oye perfectamente bien.

- ¿Qué dices? - caminando en dirección a su hermana - ¿qué es imposible?
- Que el muy bastardo haya. . . No, no puede ser.
- ¡Qué haya qué! demonios, termina la frase.
- Que el muy bastardo haya aceptado el dinero que le ofreció mi papá.
- ¡Mi padre fue tan vil como para ofrecerle dinero! - Isabel grita y parece que Ariana despierta pero es sólo otra falsa alarma.
- Así parece. (Claudia baja la voz e invita a su hermana para que también lo haga).
- ¿Y tú crees que Alberto haya aceptado?
- Bien a bien no lo sé, pero tengo también la espina clavada. Quién sabe, a lo mejor y el “señor sueños fantásticos” resultó ser una pesadilla.
- Hijo de. . . ¡Y tú porqué demonios no me dijiste esto antes!
- No pensé que fuera importante.
- ¡Cómo no va a ser importante! Llevo dos días buscando al muy baboso y puede estar en cualquier parte del mundo y ¿tú no pensabas que fuera importante?

Se escuchan voces fuera del cuarto. De nuevo el sonido de la puerta y entran tres hombres desconocidos que van vistiendo de blanco sepulcral haciendo juego con la decoración patética del lugar, y además portan una camilla. Justo atrás de ellos aparecen los Señores Peralta. Tienen aire solemne por entre sus cuerpos y la cabeza muy erguida en lo alto; están totalmente decididos.

Por otra parte, los camilleros zarandean a Ariana para que despierte y así suba a la camilla. Todo es muy rápido; silencioso. En ese momento, Claudia toma a Ari de los brazos e Isabel brinca, se interpone entre la cama y sus padres y grita:
- Así que después de todo caíste tan bajo como para llegar a esto (con ironía); nunca pensé que a tanto.
(Silencio)
- ¿No me contestas he? - se acerca un poco más (milímetros de tocarlo) - Sabes bien lo que eres - retrocede para tener una buena visión -, lo que son ambos ¡Son unos desgraciados!
Isabel ha perdido la cordura. Se abalanza sobre su padre para golpearlo pero él la sujeta por las muñecas.
- ¡Se ha vuelto loca! - grita la Sra. realmente asustada - Porfavor joven sáquela de aquí. Que le den un calmante y luego la traigan de vuelta, a ver si se le pasa su ataque de histeria.

Con tanto griterío Ariana se incorpora y realiza que está en un hospital pero no dice nada. Sólo un murmullo “¿Qué pasa?” que nadie atiende salvo el público.

- ¡Esto no se va a quedar así! - responde Isabel a su madre mientras trata de zafar sus manos de uno del los muchachos de blanco que únicamente cumple con la orden - Te juro que vamos a encontrar a Alberto y se llevará a Ariana lejos de sus garras, lo suficiente cómo para que sus podridos corazones no la lastimen más (Sale).
- Pues dudo que lo encuentren o mejor dicho, dudo que se deje encontrar - responde la mamá dezafiante pues sabe que Isabel ya no está.
- ¿Por qué dices eso? - pregunta Claudia intrigada.
- Lo dice - contesta don Gustavo - porque el patán ese, el tal Alberto, se ha largado con el dinero que le ofrecí, mismo que aceptó sin queja alguna.
- ¡ Eso no es cierto! - grita Ariana y todos voltean a verla. Trata de levantarse pero se da cuenta de que está amarrada - ¡Eres un miserable, cómo pudiste, cómo puedes ser tan mentiroso!
- Tranquilízate Ariana - su madre se acerca y le “acaricia” la cabeza maquinalmente -, ahora todo está bien. Después de perder a la criatura. . .
- Mi hijo. . . (aparte)
-. . . te pusiste muy grave y el Doctor ha sugerido que te internemos para que te cures. . .
- ¿Perdí a mi bebé? (aparte)
-. . . Pero ya todo está bien. Ahora - continúa sin inmutarse de la cara de su hija - coopera con los señores aquí presentes para que las cosas sean más fáciles.
-. . . Y también Beto (aparte).
- Queremos que entiendas que todo esto es por tu bien.


El cambio en el estado de Ariana es casi sorprendente. Del trance que la había envuelto al saber de la pérdida de su bebé (sin recordar que fue justamente gracias al golpe que sufrió en la espalda tres días antes) cambió súbitamente al estado nervioso; histérico. Casi como una fiera y utilizando todas sus fuerzas grita:

- ¿Por mi bien?, ¡Por mi bien! - escupe las palabras casi llorando de rabia - Esto es únicamente por su bien, porque ustedes son tan amargadamente infelices que no pueden soportar el ver florecer amor en cualquier otro lugar. ¡Porque no saben lo que es amor me hacen esto; y no por mi bien! Porque nunca han querido nada más que su miserable y vacía existencia pero ¿quién podría querer a carroña semejante a ustedes?
- En unos años - Don Gustavo habla con mucha clama - vas a comprender que todo lo que hacemos ahora y siempre será exclusivamente por tu bien y esto va a sanar algún día; tu alma se curará ya lo verás.
- No voy a ver nada porque me ciega el odio. No hay nada que pueda “curar” lo que siento por ustedes. . . Respóndeme algo - Ariana aparenta estar calmada aunque ya la están sacando del lugar para llevarla a ese lugar gris que le aguarda - ¿Quieres verme morir antes de que sea feliz verdad?; prefieres tú felicidad antes que la mía ¿No es así?
- Prefiero la felicidad de todos y aunque me duela que sufras no dejaremos que arruines tu vida irremediablemente.
- Ya casi sin voz - Mi vida está arruinada; la arruinaste tú.

Salen los dos camilleros restantes llevando a Ariana que se desploma y Claudia que le sujeta la mano entre sollozos.

- Gustavo, sabes que ese hombre saldrá libre en menos de una semana - la Sra. Peralta habla angustiada - ¿qué haremos para que no encuentre a Ariana?
- No te preocupes, todo saldrá bien - toma a su esposa del brazo y la encamina a la puerta - Las niñas piensan que huyó; Ariana lo pensará también. No se encontrarán jamás; mi gente es muy eficiente y ese tipo no saldrá de prisión en mucho tiempo, por lo menos en lo que esta tempestad se calma.
- Pues espero de corazón que así sea. . . (Salen)


Sin embargo esa tempestad no calmará jamás.


CUARTO CUADRO

Ha pasado mucho tiempo desde el incidente del hospital, tal vez años. La escena se divide en dos partes. En una de ellas se visualiza un cuarto también blanco (aunque peor que el anterior) en el que se encuentra Ariana. Ha perdido peso corporal y pareciese que su alma levita sobre su cabeza. Ella está postrada en el suelo, entre revistas, libros de poesía y muchos ceniceros pestilentes repletos de colillas, además parece que está ausente. El dolor que siente se refleja claramente en su cara y flota por toda la atmósfera.
El otro lado de la escena está oscuro pero se vislumbra la silueta de alguien varado junto a una ventana enrejada. Primero enfoquemos lo que hace Ariana.


ARIANA - El cigarrillo está apunto de apagarse entre mis largos dedos y creo que tendré que abrir la cuarta cajetilla de la noche porque el ocio me mata. . . Y creo que literalmente lo hace. Llevo casi tres noches (contando la que transcurre ahora) sin dormir, esperando a que vuelvas. Al principio, esperaba que fuera sólo un error, que si buscaba algo con que matar el tiempo, se me olvidaría tu ausencia y podría - como ellos dicen - volver a la normalidad; pero después de leer todas las revistas que tengo aquí mínimo dos veces y después de recitar todos los poemas de Neruda de memoria, creo que mis intentos por olvidarme de ti a base de trucos absurdos no funcionan más y empiezo a perder el control que me habían impuesto en este lugar tan gris.

(Se ilumina la otra parte de la escena).

ALBERTO - Hoy no he podido volar hacia a ti amor. No se bien que pase conmigo pero por la forma en que se mueven las estrellas esta noche se que algo está mal. Se que no me escuchas, pero porfavor no te pongas mal; mañana estaremos juntos.

ARIANA - Si me obligan a estar despierta eso no significa que mi alma se separe de la tuya, porque independientemente de las palabras que llegara a decir en “perfecta cordura” ante esta bola de médicos brujos, gracias al efecto de los medicamentos excesivos que me obligan tomar, yo siempre te amaré. Aunque los demás no puedan verte, aunque los demás juren que ya no existes y que te volviste como un fragmento de mi descarriada imaginación, yo no presto atención a sus palabras. Yo sólo quiero estar contigo.

ALBERTO - Siempre perteneceré a ti, tú me haces sentir que estoy en casa de nuevo. Tú me haces sentir que vuelvo a viajar por aquellas calles de ensueño, que podíamos recorrer mas de un millón de veces sin que terminara el encanto de tu risa y la magia de tus palabras, haciéndome creer que no hay más realidad que la de tus ojos.

ARIANA - Auch! Ahora que el cigarro me ha quemado los dedos que solían tocar el piano antaño, voy a tomar este odioso café que tan “gentilmente” me traen hasta el infierno - se sirve en una taza blanca como todo lo demás -. Nada más faltaría que eso también me lo prohibieran, ¡Que cómico sería!: primero el piano porque perturbaba mi paz, posteriormente el aire libre porque el sol lastima mis ojos (cosa que yo considero más que cierta), luego me prohiben verte a ti porque perturbas mis sueños y en vez me dan unas pastillas para que no pueda volver a casa contigo - se toma otro trago de café y con éste las pastillas -, los muy imbéciles piensan que tú no me dejas dormir, sin saber que tú eres el que me arrulla por las noches.

ALBERTO - Hay chinos, cómo te extraño! Sinceramente no se cuánto tiempo voy a estar encerrado en este lugar pero no te desesperes, te prometo que volveremos a estar juntos.

ARIANA - Pero no me permiten volver contigo y no lo permitirán jamás así que encontraré la forma de salir. Aunque estas cadenas no me lo permiten, mi alma escapará esta noche - vuelve a tomar otro trago de café y se embute las pastillas de un frasquito que estaba tirado en el suelo. - Me alegraría poder ver las caras de los que se dicen especialistas y juran que pueden contener mi alma como si fuera su negra conciencia. ¡Pobres humanos incrédulos!, su idea de que con sus pastillitas mágicas controlarían mi existencia como la de un perro o como la suya misma, les ha cerrado la visibilidad para darse cuenta de que habían dejado la cura tan cerca de mi y en este momento no hay marcha atrás. . .

ALBERTO - ¿Recuerdas qué te dije el día que te conocí? <> tú sonreíste pero no lo tomaste en serio. Ahora lo repito - casi llorando - ¡No te mueras Ari, por lo menos no en ese lugar tan gris!

ARIANA - Irónica es la vida al decir que con toda su tecnología le han dado paso al mayor de sus errores; han hecho las cosas al revés de como las habían planeado; me han dado la libertad con estos medicamentos ¡Gracias mortal insecticida! - más pastillitas.

ALBERTO - Espera un poco, por lo menos deja que vuelva contigo. Sé que ya no soportas, que te han envenenado el alma y que tu mente se desquicia a cada segundo que pasa pero no te vayas sin mi. . .

ARIANA - He esperado más de mil horas para tomar mi decisión definitiva y me he vuelto a mi misma tan enfermiza que desearía no haber despertado el día de hoy. Más nunca pensé que el agobiante día de hoy terminase y que esta noche tan estrellada de bellas luces en el firmamento estuviera tan, pero tan cerca de mi. - apaga las luces que la desquician y sólo queda el resplandor de la Luna, después toma de las pastillas que están en su mesita - Ahora me invito a mi misma a hacer el intento de ver en la negra y todavía más artificial obscuridad.

ALBERTO - Si ya tomaste una decisión entonces te apoyo, sólo le pido a Dios que te haga esperar hasta que yo esté contigo.

ARIANA - Tiene que funcionar, por favor ayuda a que sienta el dolor. . .

ALBERTO - (riendo) estás loca chinos, loca de remate.

ARIANA - Si me concentro bien en algún punto fijo, como el techo, sentiré el dolor antes de que llegues a mi. - se recuesta en el piso y estira brazos y piernas.

ALBERTO - ¿realmente te quieres ir, en serio ya no soportas? Yo pensé que eras más fuerte Ariana (tono irónico)

ARIANA - con tu ayuda o sin ella voy a sentir el dolor.

ALBERTO - esta bien, me voy contigo, pero siento que esas no son formas de hacer las cosas (imita la posición de Ariana)

ARIANA - ¡Ya está!, Por el momento sostengo mi respiración lejos muy lejos, hasta que me es extraña y de hecho, parece que hay alguien más en este maldito cuarto de manicomio que respira, pero gracias a la oscuridad yo no lo veo.

ALBERTO - ¿Me escuchas? Soy yo chinos. Tu soledad no va a durar mucho; voy para allá.

ARIANA - Nadie me creyó y jamás comprenderán que yo no fui ni hubiera podido llegar a ser de este mundo, yo no encajo como pieza de este rompecabezas, mi vida pertenece a otra realidad. . .

ALBERTO - Hemos pasado mucho tiempo separados, pero sólo nuestros cuerpos. Tu padre, el “Sr. yo lo puedo todo”, me encerró e hizo lo mismo contigo. Se que nunca hubiéramos podido estar juntos, pero con todo me esperaste hasta que esos chochos alucinógenos te hicieron perder el control de la realidad. Querían que se te pudriera el alma, los muy malditos. Yo te voy a cuidar, ya verás como volverás a sonreír.

ARIANA - . . .Y ahora que me empujo ¡me tomas de la mano! juré que no aparecerías nunca más, pero aquí estás; siempre velando mi existencia.

ALBERTO - ¿Qué pasa? ¡No puedo concentrarme! . . Sabía que algo estaba mal; son esas malditas pastillas. - se incorpora rápidamente y grita por la ventana - ¡no te vayas Ariana!

ARIANA - Por fin estoy junto a ti y no habrá poder en el infinito universo que me separe de tu lado. Si, esta noche está cerca. . .muy cerca de mi; está en mi y el día no volverá jamás. . .


Alberto se derrumba por la pared y llora un momento después levanta la mirada y habla - Que te costaba esperarme. Se que ahora estás feliz y que ya nadie puede hacerte daño, pero que voy a hacer yo sin ti. . . Si el ciclo no se completa en esta vida, entonces en la otra será que nos volvamos a encontrar y entonces te vas a volver a enamorar de mi; eso te lo juro. Porfavor no te olvides nunca de mi. . .

(Una voz a lo lejos) - Nunca lo haré amor.




9.6.04

el rastro de tu sangre en las vendas

El sol ha salido más gris que siempre. . . Parece que me estoy acostumbrando. Al pararme esta mañana, descubro que estoy solo, casi por inercia me acerco al cuarto de baño y entre tantos accesorios veo solo las vendas arrugadas que ella dejó reposando sobre el lavabo del baño y recordé cuando los espejos en esta casa eran motivo de júbilo y vanidad, cuando todo era simplemente normal. Aquellas vendas representan los fragmentos de una frágil y delicada vida que fue rota a pedazos sin dejar que gozara de la belleza, aquellas vendas también tienen el peso del rencor y amargura que flota por entre las paredes de esta morada gris y que poco a poco se ha ido introduciendo en nuestra existencia.

Ella se ha ido, como todos los días. Ha decidido ni siquiera avisarme cuando quiere que la acompañe, para que me hago ilusiones, jamás volveremos a salir juntos como antes, de hecho no creo que volvamos a salir juntos. Se esfumó como siempre, vestida con ese tétrico vestido de luto y montada sobre esos tacones estratosféricos que tan de moda están. También llevaba el negro y pesado velo que figura ser una melaya egipcia, que no se quita ni para que sus más amargos pensamientos salgan y poco a poco se ha ido moldeando a su pesada existencia. Ya nada es igual, nada lo será nunca jamás.

Al recoger las vendas para que el lugar resultara menos deprimente, recordaba lo felices que éramos, los coloridos atardeceres que veíamos juntos, los paseos eternos por las calles de la ciudad atiborrada de personas, los increíbles momentos bajo una crema de estrellas y las mil y una veces que no fueron necesarias las palabras para que yo sintiera lo mucho que me amaba. Pero parece que ese amor se disolvió; ¡ojalá se hubiera disuelto!, más bien podría decirse que el rencor lo mató, se fue apoderando de él poco a poco hasta llegar al núcleo y hacerlo explotar. Si tan sólo pudiera regresar el tiempo y borrar aquel accidente que ha dado paso a todos estos meses de horror y lástima que han suplantado mi vida (nuestra vida), no pido más. Lo único que quiero es volver a verla reír, volver a sentir la chispa de alegría y esperanza que alguna vez hubo dentro de aquel monstruo que hasta hace unas pocas horas dormitaba junto a mí.

Ahora estoy sentado frente a tu tocador, viendo las fotos y marcos que han sobrevivido a tus ataques de ira e histeria y que fueron cubiertos con papel periódico para que sus recuerdos no te amarguen más el alma, como si eso se pudiera. Pero a mi ya no me afectan - creo que nunca lo han hecho - y observo con anhelo los miles instantes dichosos que en el tiempo suspendidos como mariposas a pleno vuelo se encuentran. Y pienso que es tarde ya, que no hay más que hacer y mucho menos que pensar. Te has ido, como si hubieras muerto o algo peor; te has convertido en un monstruo. Pero tú y yo y el mundo entero sabe que los monstruos no nacen por si solos, hay algo que los crea, algo que paulatinamente se interna en el alma, y se come - se devora - el espíritu dejando dentro solo un vacío infinito. Estás vacía y lo sabes bien, pero te aterra la idea de que el mundo se entere, de que el mundo te ataque con aquellas preguntas que a menudo esquivas con gran facilidad Y, aunque no me lo digas, yo se bien que dentro de ti queda algo de respeto por ti misma, aunque por mi, hayas perdido hasta el deseo más vano de terminar tus días conmigo. Por eso no entiendo que es lo que te obliga a permanecer a mi lado; a menos que sea el puro y único deseo de venganza.

Yo por mi parte, juro que siempre te veré como antes eras: alegre, bella, natural y podría escribir un libro con todas las virtudes que la naturaleza te dio y el monstruo te quitó. No puedo contener el llanto y por momentos pienso que dentro de mi no hay más que lágrimas y por donde le busco no encuentro más que eso; lágrimas. Pero estoy solo y no me importa llorar, y si tu estuvieras aquí también lloraría porque desde hace tiempo ni siquiera te das cuenta de que sigo respirando, de que sigo existiendo y de que sigo aquí, a tu lado sólo por el remordimiento maldito. Así que lloro, lloraré amargamente por el resto de mi vida.

Paso semanas enteras tratando de convencerte de que esa terapia, que se ha convertido en la única actividad de tu vida, no te sirve en lo más mínimo.

-Tienes que entender que ese médico solo quiere tu dinero.

-¡Cállate! tú no entiendes nada.

-No es que no entienda, pero tú misma has dicho no ves mejorías.

-¡En todo caso a ti no te importa!



Y en ese momento parecería que la bomba por fin va a explotar y me vas a inundar de reproches y abucheos, pero pasa algo peor; la bomba no explota, bajas la mirada y corren dos lágrimas por esos dos orificios de un vacío infinito que antes pudieran haberse llamado ojos. Entonces sales de la habitación con el sombrero de sombra descomunal pendiendo de tu brazo y desapareces. Millones de veces he querido que la bomba explote, que saques todo tu rencor y que ese monstruo que llevas dentro me grite hasta que se debilite y se muera, pero dudo mucho que eso pase algún día. Tú ya no existes. . . Yo te maté.




Falta todavía mucho tiempo para que regreses de la terapia y el sol sigue siendo gris y parece que lo seguirá siendo siempre. A veces pienso que sería mejor dejarte sola, porque siento que te estorbo, que mi presencia te molesta, pero no puedo, no puedo dejarte con toda la carga, no me atrevería. Aunque se que no podrás volver a verme como antes y yo tampoco podré volver a ver aquel rostro hermoso que iluminaba mi vida, porque ese rostro se ha ido y tu vida se ha vuelto gris como la mañana de hoy, Hay algo dentro de mí que me impide abandonarte, algo que es más fuerte que el odio o el amor, algo que me obligará a irme hasta la tumba si es preciso antes de que el monstruo acabe por completo contigo. Algo que me obliga a recoger eternamente estas malditas vendas que dejas regadas por toda la casa para que yo no me olvide jamás de “lo que te hice". Porque ese monstruo que llevas dentro lo creé yo y ese algo que me impide abandonarte es el remordimiento de saber que yo iba manejando.

8.6.04

la madrina


Los italianos

dicen que la vida es tan dura

que el hombre debe tener dos padres que velen por él;

por eso todos tienen un padrino.


Tom Hagen, Consigliere de la Familia CorleoneEl Padrino, Mario Puzo

3.6.04

minda



Alguna vez un amigo me preguntó si existían los dragones. En ese momento no supe qué contestar. Por un lado los dragones eran símbolos mitológicos para expresar cierto culto a las divinidades dentro de las culturas Mesoamericanas, por lo que pudieron haber existido, tal vez no en la misma magnitud pero sí dentro del mismo contexto. Los dragones significan supremacía para los chinos, mientras que los caballeros ingleses de la edad media luchaban con ellos para probar el valor de su hombría. Pero en todas las culturas eran personajes meramente ficticios. Si nada puede ser comprobado de manera subjetiva y objetiva por los cinco sentidos y la razón a la vez, entonces no es real.

Yo jamás he visto un dragón, por lo que concluí que estos seres fantásticos, como los duendes, unicornios, brujas y hadas no existen. Sin embargo mi amigo me preguntó “¿Y se aplica igual con todos los seres fabulosos?”, Yo respondí que sí y mantuve esa teoría hasta que la conocí.

Celeste estaba leyendo un libro… algo sin importancia. Era una noche turbia, la tormenta caería en cualquier momento. Se escuchó un ruido, la niña no prestó atención. Luego se escuchó un murmullo y la ventana se abrió.

-Hola, ¿te importaría si descanso en tu ventana unos instantes? – una diminuta criatura brillaba al hablar.
-¿Quién eres? Mejor dicho ¿qué eres?- La mirada despistada de Celeste por fin tomó rumbo y se enfocó en la pequeña criatura luminosa que se quitaba sus zapatillas doradas; y se recargaba en el filo del ventanal para no perder el equilibrio.
-Soy un hada - respondió la pequeña criatura, sin prestar demasiada atención a su interlocutora.
-Pero ¿acaso las hadas no tienen alas?
-Pues esta hada carece de ellas.
-¿Y qué haces aquí?- Celeste no se decidía a acercarse, jamás había visto algo como aquello en su vida.
-Es que ya no puedo volar.
-¿Por qué no?
-Se me quemaron las alas; se achicharraron hasta que no quedó más nada, ni el polvo.
-¿Por qué se quemaron?
-Por amor, supongo.
-No comprendo - Respondió Celeste percatándose de que su asombro le había impedido comprenderlo todo desde el principio.
-Me encendí en llamas con el fuego de un amor que, al igual que mis alas, poco a poco se apagó.


En algún bosque incierto hubo un momento aparentemente eterno en que las mil tonalidades ocre de hojas otoñales aún se podían oír crujir, el otoño se las llevaba estéticamente de un lugar a otro sin rumbo aparente mientras que su relevo, el congelante invierno, se preparaba para tomar posesión de ellas y así terminar el conocido ciclo. De cualquier manera, era éste un atardecer hermosamente cálido, el brillante olor cobrizo del bosque llegaba hasta el cielo y el trino color celeste de las aves tomaba ya rumbo hacia algún lugar donde las ramas no se congelan nunca. “La estación más melodiosa” decía Minda. Ella y su frondoso roble, disfrutaban de los últimos días de calor con los que gozarían aquel año. La hojarasca multicolor revolcaba los cabellos del hada y tornaba sus alas en un sin fin de formas coloridas. Minda adoraba el color que mostraban sus alas en esos días; aquella tarde en especial brillaban hilos de oro por sus filos. Lástima que el hada viviera sola. Era cierto que tenía al viejo roble donde habitaba, quien era como un padre para ella, pero jamás podría hacerle ver aquellos colores hermosos; suponía que él la escuchaba, eso era lo importante.

Minda pues, decidió alejarse un poco hasta la rivera para apreciar los contrastes de sus alas en el reflejo del agua. Arribaría a lo que, de hecho, era un riachuelo juguetón que armonizaba el ambiente con los trinos, ahora, más lejanos de las aves.

El hada tomó un poco de impulso y levantándose de una delgada rama, voló sin prisa hacia el fresco riachuelo. Con unas cuantas gotas sació su sed y con otras cuantas se aseó. Mientras recordaba al mítico Narciso, contemplaba su reflejo. Sabía que tomaría un descanso por algunos meses hasta que la primavera venciera de nuevo a su eterno enemigo. Sus meditaciones fueron interrumpidas. Escuchó un sonido incierto que la sacó del trance y atrapó su atención. Un sonido que jamás había oído. Un sonido con un ritmo sin igual, métrica perfecta, dos cuartetos seguidos de un terceto… parecía un soneto, pero era una forma poética desconocida. Ese conjunto dejaba muy por debajo las cualidades del cantar del ruiseñor; armonía en espiral. La melodía era algo inconstante al principio, cobraba ritmo poco a poco, crecía, parecía no detenerse. Al poco tiempo, una voz se integró al concierto. Era música.

Sonido tan misterioso como el origen del tiempo no pudo escaparse de la atención del hada, quien rápidamente agitó sus delicadas alas y despegó en veloz vuelo buscando la fuente de su curiosidad. Voló sobre unos cuantos arbustos y logró divisar algo. Tratando de enfocar la imagen, descuidó el vuelo y chocó contra una rama perdida. El sol otoñal la confundió aún más cuando trató de ponerse en pie. Una mano la ayudó. Era una mano inmensa, ¡era un gigante! Nunca había visto a un ser tan raro, sin alas, sin pelo, todo del mismo material, pálido como la nieve próxima y con una mirada inocentemente bella. Lo contempló fija y atentamente.

-¿Qué haces princesa, piensas quedarte ahí parada? – sólo una sonrisa vislumbró Minda y permaneció en silencio. - Siéntate, escucha un poco. A ver qué opinas.

Minda podía sentir cómo los sonidos fluían desde algún punto dentro de este peculiar ser. La melodía se le incrustaba en el cuerpo, paulatinamente, hasta las puntas de cada uno de sus dorados cabello. Aunque anonadada por la dulce voz, pudo recordar que alguna vez había escuchado rumores acerca de seres semejantes al que tenía frente; Seres apodados humanos. Nunca había visto uno pero la descripción del bosque se asemejaba bastante, salvo por una gran diferencia: se decía que los humanos eran fríos y tristes como el invierno, al que Minda tanto temor tenía. Se preguntó luego cómo es que esta criatura había llegado al corazón del bosque fantasía que sólo algunos seres (y no precisamente humanos, o lo que fuera) tenían la facultad de alcanzar.

Poco a poco el místico canto comenzó a aclararse, las fascinantes notas se convirtieron en palabras que ella conocía y comprendía a la perfección y toda la sinfonía tomó sentido. En un instante, un silencio sepulcral se apoderó del bosque que, hasta ahora, había permanecido atónito. Él había cesado su canto y la normalidad tomaba su ritmo habitual. La criatura pensativa, el hada temerosa de acercarse.

-¿Y bien? – concluyó él.
-¿Qué dices?- por más esfuerzo que realizó, Minda no entendió lo que dijo.
-¿Te gustó? – él tampoco comprendía lo que decía el hada, pero lo suponía por sus expresiones faciales.

Entonces fue cuando Minda intuyó que no hablaban la misma lengua. Sintió la desesperación correr por sus venas, la sangre se le tornó espesa, el pálido de sus mejillas se puso carmín intenso y, por un momento, estuvo apunto de retomar el vuelo y no volver jamás. Sin embargo, él cantó de nuevo y ella comprendió. Aunque el hada no conocía las palabras, sentía la melodía bien arraigada en sus raíces y tarareó hasta conformar un dueto. Los pájaros cesaron sus trinos y sintieron envidia, el bosque se paralizó, no hubo más preparaciones para el invierno. Todos contemplaban el espectáculo; un hada y un humano, cantaban.

En su canción, el joven poeta le contó un mundo nuevo: cubos grises que tapa al sol, gente que corre para ganar una carrera sin fin con el tiempo, tecnología, avances, estrés y un sin fin de terminología totalmente bizarra para el mundo mágico de las hadas. Pero él habló de sus sentimientos y al describirlos Minda se percató de que era algo que ambos tenían en común. Abriendo su alma, él concluyó su sinfonía hablando de amor.

-Hueles a roble viejo – dijo el joven.
-Has cantado de amor, pero ¿qué es amor? – Preguntó Minda, sin haber comprendido lo que él había dicho antes.
-Cierra tus ojos.
-No te entiendo – tartamudeó Minda retrocediendo. Entonces él se acercó y se los cerró.
-No te muevas.
En un instante eterno, él la besó.

El momento se decoró enseguida. La música brotó sin instrumento alguno. La hojarasca se elevaba hasta tocar el cielo, la naturaleza estaba alborotada y el bosque perdió toda noción de cordura cuando vio a un ser humano besando a una criatura mágica. Todo el desorden se convirtió en armonía.
-Eso es amor.- dijo él.
-Amor- repitió ella.
La luna los señoreó con todo resplandor aquella noche y cada amanecer seguía a otro en un período indeterminado. Cada noche más fría que la anterior, cada mañana menos larga que la siguiente. El invierno estaba ahí y el bosque se había vaciado sin que los amantes se percataran. Era hora de despedirse, él debía marcharse. Tenía que volver a aquel mundo gris de los relatos.

El poeta pensaba que un adiós era una cosa seria y como él no era una persona seria, mejor no dijo nada. Su despedida fue una sonrisa, como la del principio, como la única y se perdió entre los árboles al alejarse del corazón del bosque hacia su hogar. Minda se quedó pensando muchas cosas, o tal vez no pensaba nada… solo sabía que algo le dolía, pero ya no le importaba. Aquel joven de sonrisas blancas no pensó nunca que debió haberle hablado a Minda de lo que era la soledad.

El frío era tremendo, este invierno más crudo que ninguno, pero Minda no se movía. Las perlas le brotaban de los ojos, primero con dificultad y luego con un alivio tan doloroso como una espina enterrada en la planta del pie. La razón le ganó por un instante al dolor y el hada caminó metódicamente por el sendero sin saber rumbo ni dirección. Encontró su roble, ya viejo y sin hojas, dispuesto a renacer. Trepó con el sopor en las manos, el cansancio de no haber dormido en meses se le notaba en las fuerzas, pero era tiempo de invernar y no había más que hacer.La desesperación no encontraba explicación, jamás había sentido dolor tal cual; la soledad. Se acurrucó en un agujero, meciéndose para tratar de generar un poco de calor, pero las lágrimas no la estaban ayudando. Empapada y congelada el hada por fin entró en el sueño aquel que la retoñaría en otro tiempo.

Tiempo después, un último soplido de calor hizo despertar a Minda. Ella supuso que tendría que levantarse en algún momento. Le costó trabajo incorporase, no tenía ganas de nada más que ver al poeta. Al salir se quedó muda, ella no recordaba haberse quedado en una rama tan alta ni que su roble fuera tan grueso. Continuó observando el entorno, algo estaba mal. Hundida en su tristeza, el hada se había quedado dormida un poco más de lo normal. El verano estaba a punto de su fin, volvían a caer las hojas, hacía un poco de frío y el pequeño riachuelo era ya un río caudaloso. Recordó el trato que había hecho con el joven y voló en su búsqueda. Voló tan rápido como pudo, voló en contra del viento y casi quiebra la armonía de una parvada que planeaba en dirección opuesta. En su vuelo lo encontró, ¡cómo olvidarlo! Pero algo seguía mal, el poeta no cantaba más. Parecía un roble, grande pero viejo y sus ojos se veían cansados, su cabeza era blanca como la nieva, sus manos llenas de arrugas como flores marchitas, en vez de una arpa de madera, tenía en su mano una pluma de ganso gastada ya de tanto batirse en tinta. Dibujaba algo, no eran musas ni paisajes, eran curvas y líneas unidas por hilos frágiles y tristes. El poeta no cantaba más.

Minda no durmió una primavera, eso estaba claro ahora. El bosque estaba más sombrío que lo normal, los búhos ululaban a la Luna próxima y la oscuridad aplastaba con fuerza el tenue resplandor del Sol.
El hada trató de descender hacia su amado, pero el aire se lo impidió, agitó sus alas con toda la fuerza que encontró cerca pero fue inútil… una tormenta cayó del cielo, de la nada. Un estrago dentro de sus vísceras la hizo caer en picada, el remolino de viento y agua le destrozó un ala. Cayó cerca de un arbusto y emprendió el vuelo de nuevo entre el huracán de furia que se dejaba caer con todo su coraje contra ella. Divisó una silueta, no muy lejana, pero en un instante se esfumó. El miedo que sentía era terrible, pero no tanto como la soledad que sintió al perder a su amante por primera vez. Luchó por volar y cuando no pudo volar corrió y cuando dejó de hacerlo caminó y finalmente se arrastró entre los restos de aquel bello bosque que era arrasado por la fuerza de la tormenta. Pero Minda no dejó de luchar. Entre penumbras y vestigios la única luz que la guiaba era la suya. Luchó toda la noche por encontrar a su amor, peor fue inútil, al comenzar la tormenta él se había ido. La rabia se apoderó de ella. El dolor se volvió ira y la ira desesperación. Ella se elevó sin saber su destino y mientras volaba comenzó a llorar. Sus lágrimas esta vez no fueron de agua, chispas de fuego brotaban de sus ojos cada vez con más constancia y el hada no se percató en qué momento una llamarada se apoderó de sus alas y la derribó inconsciente en llamas sobre una tierra desconocida. Aquel sentimiento del que nunca nadie habló se volvió a posar en su pecho; esta vez era mucho más familiar.

-Pero ¿cómo llegaste a mi casa? Si el bosque está a kilómetros de aquí.- Celeste estaba perpleja. Ésta era, probablemente, la historia más fascinante que jamás hubiera escuchado.Un verdadero cuento de hadas.
-No lo sé, sólo sentía que el fuego me quemaba las alas. Y busqué un lugar para refugiarme.
Celeste observó cómo la pequeña hada se veía sin sus alas, o lo que quedaba de ellas. Su frágil cuerpecillo estaba desgastado y su luz no brillaba como antes. Celeste aún con cierta distancia, le ofreció un pañuelo para que se cubriera. La tormenta duró toda la noche, y el hada dormitó con mucho trabajo. Celeste quiso permanecer despierta velando el sueño de la pobre criatura huérfana de halas pero el cansancio le ganó la batalla. El cuarto se iluminaba cada vez que caía un trueno y al escucharse el relámpago, la habitación volvía a la obscuridad decadente que acompaña al silencio.
Celeste dormía profundamente, hasta que poco antes del amanecer, cuando la penumbra reinaba en la habitación, su ventana volvió a ser tocada. Celeste se levantó perezosa y torpemente la abrió. Un hombre anciano con dos hilos de oro en la muñeca y una pluma en la mano respiraba agitado, Celeste se percató en su mirada cansada y sus cabellos súbitamente envejecidos, que aquel hombre había corrido toda una vida sin descanso... Entre bocanadas de aire, el hombre pudo decir:
-Creerás que soy idiota pero hace tiempo perdí al amor de mi vida y me he cansado de buscarlo. Desde entonces paso todas las tardes en aquel lugar, donde la conocí, entreteniéndome con cualquier cosa esperando volver a verla... He seguido un rastro de luciérnagas desde el bosque - prosiguió con un último esfuerzo – supuse que era ella y me ha devuelto la esperanza. ¡Te lo implora un poeta, niña hermosa! ¿No ha visto pasar un hada?
Antes de que el hombre terminara de hablar, Celeste ya estaba señalando el lugar donde había puesto al hada. El hombre miró en aquella dirección y lo único que pudo ver fue una hermosa flor dorada carente de dos pétalos cubierta por un pañuelo. Depositó su pluma junto a la flor y se marchó.

Ese madrugar el invierno comenzó.Y yo, desde ese madrugar creo que existen las hadas, los dragones y el amor.

2.6.04

equilibristas de cuello roto

Escribir es como estar en la cuerda floja, por lo menos para mí. Escribir es andar por un hilo frágil de letras, en un mar de confusas ideas, escribir es tomar cada una de esas ideas, descifrar unas pocas en tu cerebro mal gastado y ponerle una cierta cantidad de caracteres…formar un hilo, endeble, entre mi cerebro y el de otra persona, escribir es para mí el arte, el vicio, de transmitir ideas aunque éstas no terminen siendo más que otra cosa que la esencia de lo que quise decir…por lo menos, eso es lo que pienso yo, pero rara vez pienso con cordura, así que cada uno podrá sacar su propia conclusión de lo que tenga yo que decir, e igual lo que ustedes lean no será jamás lo que yo quise decir. No creo que eso importe; por lo menos no para mí, y mucho menos para ustedes.

¿Cuándo es que surge el vicio de la escritura en algún escritor? Porque es cierto que la escritura es un vicio, de los buenos, de esos que no se pueden dejar fácilmente, ¡qué digo! De esos vicios que nada más no se pueden dejar… de los buenos. Además, una persona es siempre un escritor, aunque no sea bueno; aunque ni siquiera pueda escribir.

Pues el vicio de la escritura surge cuando se siente la necesidad de compartir algo, aunque ese algo sea para compartírselo a uno mismo. Es como los cavernícolas, necesitaban compartir sus pensamientos, los dibujaban pero eran vagas las ideas, entonces crearon los sonidos, poco a poco se hicieron coherentes, luego apareció una letra, tras ella otra, y otra y otra… hasta que surgió la primera palabra, que seguramente no fue muy coherente que digamos pero era en esencia una palabra. Pero bueno, la idea es clara por lo menos en mi mente, se necesita escribir para compartir, aunque siempre somos lo suficientemente envidiosos como para compartir con segundas personas en primer instante, así que cuando escribimos, generalmente escribimos para uno mismo, después, si te gusta o no, igual dejarás a los demás ver tu trabajo. Tal cual.

Cuando uno se da cuenta de que los demás lo admiran, o lo envidian, el ego crece y el vicio se convierte en vicio.

"Hace días que no salgo al sol, le di llave a mi cascarón. Voy de la cama al baño, del baño al vino, del vino al dolor." No he podido escribir en varios meses, pensé que era un alivio, ahora sé que me martiriza la ausencia, me siento en una cuerda floja. Soy un total acróbata.

La primera persona que leyó el título de este escrito pensó que era un título de alguna película pornográfica, es chistoso, porque es en lo último que pensaría al escribir “equilibristas”, o tal vez no. Igual para aquella persona el vicio lo constituye la pornografía, para mí, el vicio lo constituye la escritura en sí.

¿Qué pasa, ahora, cuando tienes ese vicio, profundo como el tabaco, incrustado en las yemas de los dedos? ¿Qué pasa cuando tienes la necesidad de escribir y no puedes?

Ray Bradbury alguna vez escribió: Yo escribo, escribo y escribo, de noche o al medio día, escribo para no estar muerto.
¿Y si uno se siente bien y no puede escribir, significa que vas a morir? O sólo significa que te estás muriendo por dentro.

"Medio estropeada, con el hocico herido, son varias lunas dormidas en pie." Tratando de escribir, de sacar algo de mi ser, de sentir otra vez el poder de adornar las palabras con letras y las letras con espacios. De llenar los espacios con silencios…. Pero luego, no aparece nada, todo se queda en la última fase, en el silencio entre letras sin sentido. Y me siento muerta, aunque sea por un instante.

Escribir no tiene ciencia. Para escribir una novela se necesita de capítulos, para escribir un capítulo se necesita de párrafos, para escribir un párrafo se necesita de palabras, para escribir palabras se necesita de letras, y esas, las conozco todas, por lo menos los caracteres occidentales, o por lo menos, eso creo yo. Pero ¿cómo se hace para escribir un sentimiento?

Se puede describir, se puede casi tocar, pero no se puede escribir. Se puede escribir acerca de un sentimiento, pero el sentimiento no se puede escribir. No se puede escribir nada a la perfección, uno se acerca a la verdad de las cosas pero siempre se escapa, como el agua, mejor dicho, como el mercurio… tampoco me creo capaz de escribir lo que se siente tener el mercurio entre las manos, pero lo sé, lo que vivido, lo he sentido y a menos que no lo sientan ustedes, jamás van a tener la necesidad de tratar de escribir un sentimiento.

¿Qué les puedo yo decir? Lo que diga, siempre será interpretado de otra manera, desde el momento en que la idea se traslada de mi cerebro a mis manos ya no es la misma idea, en el momento en que tecleo las ideas, letra por letra se va perdiendo la esencia original y no quedan más que compilaciones de caracteres, cuando ustedes estén leyendo esto, cuando su cerebro lo procese, seguramente ya no tendrá absolutamente nada que ver con lo que yo quise decir. Pero ¡qué importa! Sean acróbatas, escriban hilos de letras, poco a poco, hasta sumergirse en la maraña de pensamientos que forman la telaraña del cerebro. Eso es vida, escribir, escribir, y escribir, como diría Bradbury, para no estar muerto. Lo peor que te podría pasar sería quedarte sin hilo, por un tiempo, por una hora, por un segundo, por un instante y caer y romperte el cuello. Pero lo que no te mata, siempre te hace más fuerte.


La imagen viene del blog Cándido y Oscuro