26.2.07

diálogos efímeros XXIX

- hola
- hola
- ¿si?
- ¿Me comunica por favor con el Sr. José María Rico?
- este...
- Hablo por el anuncio de ayudante contable.
- si... pero...
- lo vi en el periódico.
- ajá, mire, lo que pasa es que el Sr. María Rico ya se murió y nada más nos dejó la calle donde está la oficina... ¿eso le sirve?
- ¿perdón?
- Le decía que la plaza ya se ocupó.
- Ah muchas gracias.
- Gracias a usted.

(pero por hacerme la tarde)

22.2.07

le freak c'est chic

Tardó varios minutos en reaccionar desde que colgó el teléfono. Aunque su razón ya se lo venía advirtiendo, aún no podía creer que su amante hubiera dicho que había terminado durmiendo en casa de Julie, alguna de las putitas francesas con las que estuvo drogándose la noche anterior, y que se dignara a reportarse hasta las 4 de la tarde del día siguiente al que había abandonado a su novia en una fiesta mediocre y patética de la colonia Condesa.

- ¿Dónde estabas?

- Comiendo.

- ¿Y antes?

- Dormido.

- ¿Dormido dónde?

- En casa de Julié.

- ¿Te la cogiste?

- No.

- Ya.

- Voy llegando a mi casa.

- Bien, voy por mis cosas.

*clic*


No sabía qué ponerme, decidí conservar los mismos vaqueros de la noche anterior, con todo y arrugas, mal olor y sentido de la decepción en los bolsillos, además de la asombrosa camiseta verde fosforescente, regalo de mi amigo Luis, que dice “call me now” por delante y un número telefónico por detrás, a la altura de las nalgas, rematé con una chamarra deportiva ajustada y mis tennis negros. Me acerqué al espejo para componerme el cabello, retocar el maquillaje y coronarme las costosas gafas oscuras.

Llegué a su casa y estaba abierto, lo escuché gritar mi nombre desde el cuarto de baño, como para decirme que pasara. Entré familiarmente a esa casa congelada, tomé del sillón la sudadera naranja que le había prestado el mismo amigo Luis quien la tarde anterior había hecho “cleaning” en su casa como tan mariconamente le gusta decir, subí a paso firme por la escalera de caracol. Ignorando su voz en el baño, entré a la recámara principal por mi maleta, donde guardé mi pijama, mis 2 novelas, mi mochila roja, mis apuntes y algo de ropa que andaba por ahí. Hacía calor. No tomé el sombrero café porque no lo divisé… estaba aún en su coche.

Entré al baño por algunas cosas y él estaba cagando, me sonrió y dijo “creo que huele feo”, yo, con las gafas puestas, no pude ni verlo a los ojos mientras contesté “creo que ya no huelo nada”. Rozándole las rodillas me incliné a la bañera por mi cepillo de dientes, la pasta dental miniatura y de salida tomé el cepillo negro para el pelo que siempre traigo en la bolsa de mano. Azoté la puerta. Estaba sudando y el Ajusco sobrevivía una tarde soleada de domingo.

Lo guardé todo en mi camioneta y titubeé… ¿eso era todo? Al parecer así terminaría nuestro hermoso romance… por segunda vez. Algo dentro de mí se rehusó a marcharse sin una explicación y regresé a la casa. Busqué una cerveza en la nevera, nada. Subí despacio a su cuarto y encontré media pinta casi llena. Me apropié de ella y comencé a beberla sentada en el sillón azul de su recámara con los lentes de sol aún puestos. Mirando su cama, su aparato de música, su televisor, sus cosas regadas por el sillón que me recordaban el viaje reciente a Londres… no pensaba en nada más que en contener la calma y esperar a que terminara de bañarse.

Entró a la recámara desnudo y chorreando agua, tapándose el sexo con la ropa sucia, que desde la entrada llenó el espacio con un denso olor mezcla de eterna oscuridad nocturna, sexo plástico y tabaco incrustado. Y a mi me pareció que lo escondía porque no quería que yo viera que ya lo había metido en una cueva asquerosa y repugnante.

- ¿Qué onda?

- Nada… aquí.


Silencio.


Ella se terminó la cerveza y bajó a la mesa de billar buscando sus cigarrillos maricones y el encendedor naranja que hace poco había recuperado de los pantalones de él, aventados al suelo en la habitación. Ahí donde también encontró un ticket de una marisquería que demostraba cómo si podía pagarle la comida a todos esos franchutes de quinta refugiados en un país de tercera y que además no daban ni un centavo por su existencia, pero no podía pagar completo el corte de pelo que ella pagó en una estética coreana de la colonia Roma, ni los diez pesos para el niño que lavó y cuidó el coche, o las seis cervezas que se tomaron en el apartamento del amigo maricón quien con sabia razón se había rehusado a conocer al patán con el que salía su querida y alocada amiga.


Eructé, luego prendí mi quinto cigarro y me acomodé las gafas.

- Me puedes decir ¿por qué estás enojada?

- Por las groserías de tu amiga, esa gata sin educación.


También le dijo que estaba encabronada por la actitud de él, por no haberla defendido, por no haberle puesto un centímetro de atención en toda la noche.

- Tal vez sea yo que tenga una concepción obsoleta de lo que es una relación, pero te portaste de la peor manera, te encerraste en un cuarto con una puta gorda a meterte quién sabe cuántas rayas de coca, no dijiste ni “pío” cuando la gran puta corriente de tu amiga me insultó, no una ni dos ni tres veces, me insultó toda la puta noche.

Él guardó silencio. No dijo nada. Ella siguió hablando para ordenar sus ideas, para darse cuenta que repetía neciamente la palabra “puta”, y definir sus sentimientos, más que para informarlo de lo que se había perdido en su nochecita de fiesta. Habló lento, sin enojarse mucho, sin llorar y sin quitarse los lentes de sol que ocultaban esa mirada perdida al interior del corazón que no podía contener su tristeza. Él estaba inmóvil a su lado, agarrándose los pies… creo. Ella seguía fumando frenéticamente, tratando de contener el temblor de la rabia que sus propias palabras iban aumentando. Le dijo muchas cosas, no recuerdo el orden, pero le dijo que el único decente de la fiesta había sido el francesito que había agarrado la onda, cuando ella objetó que hablar en otro idioma frente mexicanos que no entienden es una putada y una falta de educación. Todos se ofendieron, menos él que a partir de ese momento le habló cariñosamente en un español melódico y hasta le concedió poner una de sus canciones favoritas. Incluso el trío de lesbianas y la francesa que habla español con tono argentino habían sido buena onda con ella. Pero no la golfa amiga de su novio y definitivamente tampoco él. El francés del acento melódico le hacía más caso al perro que soportaba una pésima fiesta ahí dormido en el sillón, que tú a tu chava, bailando como idiota para llamar tu atención. Y no logró conseguirlo.

En cambio él le trepó las piernas a una lesbiana en el mismo sillón del perro y la mantuvo aburridísima por horas y horas contándole, como siempre lo hace, sus desgracias sobre la sirvienta que le robó, la secretaria que lo estafó, la amiga que sorprendentemente no lo ayudó, la ex mujer que es una hija de la chingada y sólo le pide dinero, el amigo pésimo que se cree millonario de rancho y va por la vida humillando a la gente y pisoteándola cuando se deja, el vecino marihuano que se la pasa quemando hierba todas las horas del día afuera de su balcón y más.

- Pero eso no fue suficiente cabrón, en cuanto apareció tu amiguita cumpleañera, también le trepaste las piernas y la golfa ni se inmutó y luego te encerraste más de cuarenta minutos con otra puta, con la misma que para terminarla de amolar te fuiste a dormir… y yo me dejé… me aguanté por pendeja.

Pagaste 375 pesos en una marisquería con tu tarjeta de débito, cuando ayer la que pagó el chupe, los hielos y hasta los cigarros para su amiguita fui yo, y ni con eso la gata se contuvo de divertirse toda la noche siendo grosera conmigo.


Todo esto le dije y más. Le dije que cuando le reclamé, ayer en la noche, su respuesta fue la de un quinceañero que sale por tercera vez con una nueva novia, que busca divertirse y que es más importante apagar la luz de la fiesta y ser el último en salir que ser responsable y llevar a su novia a su casa, sana y salva, y no mandarla caminando en una noche helada al interior de una ciudad peligrosísima, con el orgullo hecho trizas y el corazón lastimado.

- Claro que no, eso es imposible, ¡en qué cabeza cabe! Si todo eso representa responsabilidad y madurez que tú definitivamente no tienes.

Le reclamé que no era un hombre maduro, ni responsable ni agradecido con una chava que le había dado todo su cariño. Era un reverendo hijo de puta destinado a vivir solo por eso, por ser un reverendo hijo de puta. Dejó que me ofendieran toda la noche, y me lastimó.

- Pude haberme llevado un excelente recuerdo tuyo allá lejos donde voy, pero ayer lo arruinaste todo.


Ella se levantó por fin, hizo una pausa para aclararse la garganta en exhaustivo estado. Se quitó por primera vez los lentes mostrando unos hermosos ojos color café con ganas de ponerse llorosos. Apagó el sexto cigarro y dijo.

- Voy a extrañar esta casa, a tu hijo y a tu perro… y todos los bellos momentos que vivimos juntos. Mi corazón está curtido, lo que me hiciste lo sanará el tiempo y 7mil kilómetros al sur… Te voy a extrañar y te deseo lo mejor.


Volteó primero la cara y luego el cuerpo entorpecido por tanta adrenalina. Ahora cerró la puerta con cuidado, casi con ternura y se fue.


En todo ese tiempo que habrán sido como 45 minutos, él no dijo nada y ella, mientras encendía el auto y elevaba el volumen de la música, esbozaba una curiosa sonrisa victoriosa por haber contenido el llanto y haberle dicho al amor de sus últimos tiempos en México las cosas que necesitaba expulsar de su sistema antes de convertir su recuerdo en un fétido cáncer al interior del corazón y llevarlo como cadena arrastrándose hasta el país de la plata.

No lloré, ni lo hago ahora que vuelvo a pensar lo sucedido, fumo despacio, en silencio… y, mientras comienzo el proceso de resignación, recuerdo que olvidé mi sombrero en su coche, con una chingada. Cuando termine esta novela de Leñero, no tendré más remedio que enfrentar la realidad, no este relato de un mal viaje marihuano y una noche infernal con puros personajes de una película de “espantos” serie B, sino ese sonsonete de Charly García desde mi habitación y la cruda realidad de alguien que se queda perplejo mirando los cachitos del corazón que se rompió… otra vez se me rompió.

18.2.07

Al irte dejas una estrella en tu sitio

I

Cuando Clara tenía 18, y aún cursaba la preparatoria, comenzó a salir con un chico un año menor que ella; guapo, roquero, alto rubio y de cabello chino… un rebelde sin causa prototipo de esos que vuelven locas a las chicas. Bueno, pues Clara se volvió loca, perdió la cabeza por este chico, ignorando los comentarios negativos de sus amistades y pasándole encima -con los tacones altos- al amigo en común que los había presentado quien vivía secretamente enamorado de ella.
Él era el primero de una serie de varios novios con la misma descripción. Era su amor adolescente total. Se llamaba Uriel… Ese sí es un nombre feo, pero le daba el golpe final a su exótica personalidad de alma confundida, enojada con el mundo, siempre a la vanguardia, siempre incomprendida en un mundo aristócrata donde se le despreciaba como un bueno para nada por ser músico. Tocaba la batería y tenía su banda de rock y creo que Clara fue la primera chica con la que hizo el amor.
Total que Clara terminó la preparatoria un año antes que él, siguiendo en parte la tradición local de darse un año sabático antes de comenzar sus estudios universitarios, y como el espíritu sofocado que era, se largó a Europa, inicialmente por mes y medio. Pasado ese tiempo, él dejó de contestarle los largos y apasionados correos electrónicos no sé porqué absurda razón, desconociendo los chismes que le hayan contado sus “amigos” sobre ella; que la muy zorra se había tirado a toda Europa. Lo cual –hasta el momento- era mentira.
Cuando le dejó de escribir, por ardida un poco, despechada otro más y por azares del destino, dijo: está bueno cabrón... si quererme no es una obligación, que te vaya bien en la vida. Y comenzó a salir allá en París con Felipe el argentino que le sonrió una tarde en el metro, cerca de la estación Trocadero.
Todos los regalos que le había comprado los regaló a otros amigos, menos un cenicero en forma de calaveras blancas que tenía inscrito al centro “I will see you later”. Clara regresó de viaje y fue a dejárselo a Uriel a su casa del Pedregal una tarde en la que sabía que no se encontrarían. Aunque nunca tuvieron una plática o una carta de despedida, sabía que ese era el final, y se secó con el puño de la manga unas lágrimas solitarias que se escaparon involuntariamente de sus ojos mientras se alejaba de la casa.
Pasó poco tiempo antes de que ella comenzara a salir con José Antonio y él con María José. Las vueltas que da la vida los hicieron reencontrarse un par de veces en 6 años, ellos mismos, con su destino siempre magnético y por desgracia, en ese ir y venir de ambos, entre tanto viaje, estudios en el extranjero, escapes fugaces al norte, al sur y al oriente, no pudieron jamás retomar el camino truncado por ese viaje inicial de Clara hacia Europa en el 2006. Clara solía escribirle cuentos a Uriel, decirle que ella lo conocía de otra vida. Uriel siempre agradeció los escritos a su propia manera, con esa forma tan curiosa de hablar donde parece que dice nada, pero al interior del discurso está un enigma lleno de dobles significados y múltiples acertijos. Se siguieron queriendo de lejos, Clara no le tenía rencor y Uriel poco a poco olvidó que fue lo que lo hizo dejar de querer salir con ella. Curiosamente y pese a todo ese vaivén, hoy en día ella mantiene una relación intermitente con el mismo José Antonio y él sigue con la misma María José, y también es curioso que nunca pensaron cuánto iba a durar la pasión entre ambos, aún cuando se han visto escasas ocasiones en todo este tiempo.


II

Fue hace algunas noches que Uriel llamó a Clara. Ella se sorprendió a sí misma cuando dijo “¿hola?”, pues estaba acostumbrada a no contestar llamadas de números desconocidos. La sorpresa le cayó como balde de agua fría justo cuando escuchó esa aguda voz de tenor del otro lado del auricular que la saludaba con tanta familiaridad y cariño. Como Clara canta, y él lo sabe, le pidió de favor que le ayudara a grabar unas voces para una canción electrónica que había compuesto en su nuevo estudio. Clara dijo que lo pensaría, pero más tardó en colgar el teléfono que en ponerse un poco de maquillaje, peinarse el cabello hacia atrás y salir corriendo a la avenida Cedros 76 edificio C departamento 2, dejando hasta el televisor encendido.
No iba nerviosa por verlo, sino porque tendría que cantar y ya era un poco tarde para su garganta, pero lo hizo bien. Las voces que tenía que inventar y luego grabar eran para acompañar la música de un promocional que él y su socio el Richie iban a presentar ante un gran corporativo como parte de un proyecto para una campaña de cosméticos. Ni modo –le dijo Uriel- a veces uno tiene que comercializar el arte güerita, ¿qué le vamos a hacer?
Siempre le gustó que le dijera güerita, aunque hace ya un par de años que el cabello se le había oscurecido de tanto teñírselo de rojo. Pero él ya lo decía como una de esas hermosas costumbres que se te quedan incrustadas, como responder “mande” cuando alguien te habla… o como encender la computadora por las mañanas; algo totalmente cálido y cotidiano que no se había perdido entre ellos.
Mientras cantaba en el estudio Clara podía ver a través del cristal que la separaba de su guapo ingeniero, una colección considerable de ceniceros y demás accesorios en forma de calavera. Se sonrojó cuando más tarde Uriel le recordaba que ella le había ido a dejar un cenicero hace muchos años venido de Praga probablemente, mismo que le mostró y no reconoció hasta que leyó algo así como “… see you …ter” entre tantos y tantos y tantos millones de cigarrillos consumidos ahí a lo largo del tiempo.
Luego sacó una cajita con recuerdos, y ahí estaban: fotos de ellos mucho más jóvenes, muy enamorados, muy guapos los dos, sentados por la noche en la sala de ella, en una comida acaecida una tarde soleada de un sábado cualquiera en el jardín del primo Gerry que vivía lejísimos allá por Cuajimalpa cuando todavía no era común alejarse tanto del sur, abrazados arriba de una trajinera en Xochimilco, ella sola de perfil sonriendo a medias a su fotógrafo favorito, él a blanco y negro tocando la batería… tantos recuerdos, tantas emociones, tanto whisky, tanto tabaco, tanta conexión. Hablaron de música toda la noche hasta quedarse roncos, hablaban sobre la canción que los definía, sobre el destino, sobre la importancia de retomar las enseñanzas clásicas en la música contemporánea, sobre el porqué es importante seguir los sueños y la necesidad que tenemos los músicos de siempre hacer arte aunque no siempre sirva para comérselo.
En qué momento se le comenzó a nublar la vista a Clara, tal vez por ahí de la quinta copa, en qué momento sintió la necesidad de olfatearle el brazo cuando se acercaba a encenderle un cigarrillo, probablemente desde antes de nacer. Uriel no retiró el brazo, la tomó por los hombros y ella se levantó a abrazarlo, permanecieron así por siempre, fundidos en uno mismo por un instante eterno y luego se besaron. Se besaron hasta el amanecer, hasta que se les secaron los labios por tanta humedad, sus besos eran perfectos, la lengua de él no tropezaba con nada en su camino al interior de la garganta de la pequeña Clara y sus cuatro manos se buscaban frenéticamente a tientas en la claridad del alba. Se dijeron tantas cosas hermosas, dicen por ahí recordar es volver a vivir y esta manera de revivir la llama entre ambos era mágica. Les hubiera gustado despertar juntos, fumarse un tabaco, hacer el amor una vez más, pero era imposible pues ambos tenían que irse a trabajar en pocas horas, crudos y desvelados y con todos los sentidos tapizados de sexo. Todo valía la pena.
Ahora no se volverán a hablar, no se verán, ella probablemente le escribirá un par de poemas en secreto y él la pensará intensamente al escuchar su voz mientras edite sus canciones. Mantendrán su relación en estado latente y a distancia como bien han aprendido a hacerlo y sólo el tiempo les recordará, si se vuelven a cruzar en el momento y lugar preciso, que están cortados de la misma tela, cosidos a la misma estrella. ¿Qué combate se libra en el espacio? Es algo que ya no puedo narrarles porque no cabe en una letra, una palabra, una cuartilla, una novela… sentimientos así de fuertes sólo pueden ser lejanamente concebidos. Clara y Uriel no podrán jamás expresarle su conexión al mundo, ni a sí mismos, por lo menos no con palabras. Él diría: pues para eso esta el rock mi güera, o ¿tú como vez?

14.2.07

be my valentine

Hace un par de días
he comenzado a soñarte
intensamente
con frecuencia
con necesidad,
arraigándome a tu recuerdo.

Recordando en sueños
que se viven en blanco y negro
el color de esos ojos chispeantes
agoto mis energías

Rebelde azabache sin causa
¿dónde estás para acariciarte?
Tus rasgos quieren volar
lejos
muy lejos de mi
y difuminarse,

como mis sueños
cada mañana
cuando abro los ojos
y veo una cama vacía.

Hace apenas unas horas
comencé a sentir
una curiosa opresión del corazón
magnificada exponencialmente
por cada kilómetro que nos separa.

No se nada de ti
más lo que me dicen mis sueño,
despierto siempre
cubriéndote con una brillante luz
que te proteja allá lejos
donde quiera que estés.

Me duele no saber nada de ti
me corta la respiración
no poder escuchar tu voz
tu risa burlona
y espero que pasen rápido los días
para reclamarte que no hayas escrito
mientras te vuelvo a besar.

Nadie podrá decirme
si esta relación de armario
entre tú y yo
sea el modelo perfecto y funcional.

Yo
sólo se
lo que me dice
el corazón: me haz hecho
tan feliz
los últimos cinco meses.

Gracias por ser parte
de mi cotidianidad,
por tu silencioso apoyo
por todo este cariño
que ahora traigo dentro

Aunque no me leas,
no me veas
y no sepa nada de ti...
te quiero

y tú
¿quieres ser mi valentín?

2.2.07

cuando tú duermes te pienso

Estás
dormido
y respiras...
por fin
después de haber tardado
en hacerme dormir

Estás
a mi lado
y te respiro con fuerza,
intento grabarme tu olor
atrás de las ideas
para cuando ya no estés...

La luna
alumbra
tu espalda,
la misma
que conozco de memoria
en la oscuridad.

Mi inquieto corazón
te despierta constantemente
para cerciorarte
que sigo dormida
que estoy tranquila
y que sigo aquí.

Escucho
un camión que pasa,
escucho
un perro gruñir,
escucho
al pájaro carpintero
incluso cuando no martillea
porque duerme
como tú.

Escucho
la música de una película
muda en el recuerdo
efímero
y el constante deletreo
de un poema que no sabe a donde va.

Se escucha
la voz de una canción
que no dice palabras
pero habla de amor,
con tristeza
como con fuerza
como tú y yo.

Pero no escucho
tu risa,
no escucho
lo que piensas
lo que sientes
no escucho...
no
escucho nada...

Pero lo imagino,
afortunadamente
lo imagino
porque si lo dijeras
no me iría
a ningún lado.

Lo sabes
por eso callas
o al menos
a eso atribuyo
tu silencio.

Porque me quieres
-trilladamente-
me dejarás partir
y allá lejos
siempre
estará esa película oscura
que me hace llorar,
siempre esa canción
sin letra
que me hace dormir,
siempre
ese negro humor
que me obliga
a reír.

Y aunque no estés
te escucharé
atrás de mis ideas
donde guardo
tu olor,
tu voz
y una parte de tu corazón.