crónicas de Río

Hoy salimos con Willie. Como siempre, me esperaba a la entrada del edificio. Siempre tiene un pretexto absurdo para no subir. Hoy eran los perros.
Me despedí de todos en casa, no sin pasar por alto que algo estaba sucediendo. No sé, los mellizos correteaban como siempre, Maggie estaba embobada tecleando en su teléfono, La empleada ordenaba mis cosas. Estaba todo más o menos igual que cualquier mañana. Era Pedro el que estaba distinto, como ausente, ni siquiera me miró cuando salí. Pero yo sentí que me estaba diciendo adiós.

“Hace casi 7 años que nos conocemos” le dije a Willie mientras caminábamos por la Plaza del Pozo como le decimos nosotros “Ambos nacimos en Pinamar… me refiero a Pedro, él también es de allá. Surfer desde pequeño.” Suspiré “¿Yo? No, yo soy más de correr a la orilla del mar, aunque cuando está lindo también me tiro un chapuzón, como cualquiera.” Nos sentamos a la orilla del lago a ver los patos. No sé por qué, pero siempre me tiran mala onda. A mi, hay veces que me provoca corretearlos como si fuera un chiquillo incansable, con algo de malicia, acorralarlos a las rejas, escucharlos gruñir para defenderse, cogerlos por el cuello, apretar poco a poco, más, más y más… hasta que el graznido molesto se ahogue en un sollozo, una súplica, silencio.

Comenzaba a hacerse tarde. Subimos los perros a la camioneta. Yo me senté adelante y asomé la cabeza por la ventana. El aire del otoño comenzaba a enfriarse, recordándome la costa donde nací. Y sentí tristeza. Me sumí en los recuerdos más primitivos: el olor de la arena húmeda, el rocío que se atrapa en el pelo, miles y miles de mejillones haciendo sus túneles al mismo tiempo. El silencio del bosque.

Me sacó de mi ensueño un olor especial: el puerto. Pestañeé varias veces antes de comprender que estaba olfateando el mar, pero no era el mar, sino el río mezclado con el mar, pero no era el río, sino una mezcla inmunda de sustancias muy agresivas. Las grúas rojas, el puente, el estadio, el peaje.

Miré a Willie queriendo preguntarle “a dónde vamos?” pero estaba demasiado concentrado cantando una milonga dolorosa. Ese evidentemente no era el camino a casa. A mi casa.

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Hace semanas que estoy acá. Con todos los perros. Duermo encerrado en una jaula, en un barrial inmundo, húmedo y frío. Como con los perros,  en unos tachos de plástico llenos de moscas que nunca lava nadie. La comida es siempre la misma para todos, pero es escasa, y hay que jugarse para comer. No todos los días como. Extraño a Maggie y extraño su guiso de lentejas y el arroz integral.
Acá también hay críos, pero no son como los mellizos que nos miman y nos cabalgan. Estos pequeños primitivos nos tiran de las orejas, nos arrojan piedras, nos queman la cola. No hay joyas, ni juguetes, ni almohadones lujosos. Pese a todo, soy feliz. Estoy al aire libre y sigo viendo a Willie de vez en cuando, que viene por mí y me saca a pasear a un lago donde no hay patos ni lanchas, sino botellas de plástico de muchos colores y unos aromas muy excéntricos.


Sin embargo, a la noche, cuando todos duermen, y se escucha el sonido de la ruta. Me acuerdo de Pinamar, y del olor a casuarinas, el mar en invierno al correr por la costa, y Pedro salir del agua para abrazarme. Y lloro.

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