9.6.04

el rastro de tu sangre en las vendas

El sol ha salido más gris que siempre. . . Parece que me estoy acostumbrando. Al pararme esta mañana, descubro que estoy solo, casi por inercia me acerco al cuarto de baño y entre tantos accesorios veo solo las vendas arrugadas que ella dejó reposando sobre el lavabo del baño y recordé cuando los espejos en esta casa eran motivo de júbilo y vanidad, cuando todo era simplemente normal. Aquellas vendas representan los fragmentos de una frágil y delicada vida que fue rota a pedazos sin dejar que gozara de la belleza, aquellas vendas también tienen el peso del rencor y amargura que flota por entre las paredes de esta morada gris y que poco a poco se ha ido introduciendo en nuestra existencia.

Ella se ha ido, como todos los días. Ha decidido ni siquiera avisarme cuando quiere que la acompañe, para que me hago ilusiones, jamás volveremos a salir juntos como antes, de hecho no creo que volvamos a salir juntos. Se esfumó como siempre, vestida con ese tétrico vestido de luto y montada sobre esos tacones estratosféricos que tan de moda están. También llevaba el negro y pesado velo que figura ser una melaya egipcia, que no se quita ni para que sus más amargos pensamientos salgan y poco a poco se ha ido moldeando a su pesada existencia. Ya nada es igual, nada lo será nunca jamás.

Al recoger las vendas para que el lugar resultara menos deprimente, recordaba lo felices que éramos, los coloridos atardeceres que veíamos juntos, los paseos eternos por las calles de la ciudad atiborrada de personas, los increíbles momentos bajo una crema de estrellas y las mil y una veces que no fueron necesarias las palabras para que yo sintiera lo mucho que me amaba. Pero parece que ese amor se disolvió; ¡ojalá se hubiera disuelto!, más bien podría decirse que el rencor lo mató, se fue apoderando de él poco a poco hasta llegar al núcleo y hacerlo explotar. Si tan sólo pudiera regresar el tiempo y borrar aquel accidente que ha dado paso a todos estos meses de horror y lástima que han suplantado mi vida (nuestra vida), no pido más. Lo único que quiero es volver a verla reír, volver a sentir la chispa de alegría y esperanza que alguna vez hubo dentro de aquel monstruo que hasta hace unas pocas horas dormitaba junto a mí.

Ahora estoy sentado frente a tu tocador, viendo las fotos y marcos que han sobrevivido a tus ataques de ira e histeria y que fueron cubiertos con papel periódico para que sus recuerdos no te amarguen más el alma, como si eso se pudiera. Pero a mi ya no me afectan - creo que nunca lo han hecho - y observo con anhelo los miles instantes dichosos que en el tiempo suspendidos como mariposas a pleno vuelo se encuentran. Y pienso que es tarde ya, que no hay más que hacer y mucho menos que pensar. Te has ido, como si hubieras muerto o algo peor; te has convertido en un monstruo. Pero tú y yo y el mundo entero sabe que los monstruos no nacen por si solos, hay algo que los crea, algo que paulatinamente se interna en el alma, y se come - se devora - el espíritu dejando dentro solo un vacío infinito. Estás vacía y lo sabes bien, pero te aterra la idea de que el mundo se entere, de que el mundo te ataque con aquellas preguntas que a menudo esquivas con gran facilidad Y, aunque no me lo digas, yo se bien que dentro de ti queda algo de respeto por ti misma, aunque por mi, hayas perdido hasta el deseo más vano de terminar tus días conmigo. Por eso no entiendo que es lo que te obliga a permanecer a mi lado; a menos que sea el puro y único deseo de venganza.

Yo por mi parte, juro que siempre te veré como antes eras: alegre, bella, natural y podría escribir un libro con todas las virtudes que la naturaleza te dio y el monstruo te quitó. No puedo contener el llanto y por momentos pienso que dentro de mi no hay más que lágrimas y por donde le busco no encuentro más que eso; lágrimas. Pero estoy solo y no me importa llorar, y si tu estuvieras aquí también lloraría porque desde hace tiempo ni siquiera te das cuenta de que sigo respirando, de que sigo existiendo y de que sigo aquí, a tu lado sólo por el remordimiento maldito. Así que lloro, lloraré amargamente por el resto de mi vida.

Paso semanas enteras tratando de convencerte de que esa terapia, que se ha convertido en la única actividad de tu vida, no te sirve en lo más mínimo.

-Tienes que entender que ese médico solo quiere tu dinero.

-¡Cállate! tú no entiendes nada.

-No es que no entienda, pero tú misma has dicho no ves mejorías.

-¡En todo caso a ti no te importa!



Y en ese momento parecería que la bomba por fin va a explotar y me vas a inundar de reproches y abucheos, pero pasa algo peor; la bomba no explota, bajas la mirada y corren dos lágrimas por esos dos orificios de un vacío infinito que antes pudieran haberse llamado ojos. Entonces sales de la habitación con el sombrero de sombra descomunal pendiendo de tu brazo y desapareces. Millones de veces he querido que la bomba explote, que saques todo tu rencor y que ese monstruo que llevas dentro me grite hasta que se debilite y se muera, pero dudo mucho que eso pase algún día. Tú ya no existes. . . Yo te maté.




Falta todavía mucho tiempo para que regreses de la terapia y el sol sigue siendo gris y parece que lo seguirá siendo siempre. A veces pienso que sería mejor dejarte sola, porque siento que te estorbo, que mi presencia te molesta, pero no puedo, no puedo dejarte con toda la carga, no me atrevería. Aunque se que no podrás volver a verme como antes y yo tampoco podré volver a ver aquel rostro hermoso que iluminaba mi vida, porque ese rostro se ha ido y tu vida se ha vuelto gris como la mañana de hoy, Hay algo dentro de mí que me impide abandonarte, algo que es más fuerte que el odio o el amor, algo que me obligará a irme hasta la tumba si es preciso antes de que el monstruo acabe por completo contigo. Algo que me obliga a recoger eternamente estas malditas vendas que dejas regadas por toda la casa para que yo no me olvide jamás de “lo que te hice". Porque ese monstruo que llevas dentro lo creé yo y ese algo que me impide abandonarte es el remordimiento de saber que yo iba manejando.

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