3.6.04

minda



Alguna vez un amigo me preguntó si existían los dragones. En ese momento no supe qué contestar. Por un lado los dragones eran símbolos mitológicos para expresar cierto culto a las divinidades dentro de las culturas Mesoamericanas, por lo que pudieron haber existido, tal vez no en la misma magnitud pero sí dentro del mismo contexto. Los dragones significan supremacía para los chinos, mientras que los caballeros ingleses de la edad media luchaban con ellos para probar el valor de su hombría. Pero en todas las culturas eran personajes meramente ficticios. Si nada puede ser comprobado de manera subjetiva y objetiva por los cinco sentidos y la razón a la vez, entonces no es real.

Yo jamás he visto un dragón, por lo que concluí que estos seres fantásticos, como los duendes, unicornios, brujas y hadas no existen. Sin embargo mi amigo me preguntó “¿Y se aplica igual con todos los seres fabulosos?”, Yo respondí que sí y mantuve esa teoría hasta que la conocí.

Celeste estaba leyendo un libro… algo sin importancia. Era una noche turbia, la tormenta caería en cualquier momento. Se escuchó un ruido, la niña no prestó atención. Luego se escuchó un murmullo y la ventana se abrió.

-Hola, ¿te importaría si descanso en tu ventana unos instantes? – una diminuta criatura brillaba al hablar.
-¿Quién eres? Mejor dicho ¿qué eres?- La mirada despistada de Celeste por fin tomó rumbo y se enfocó en la pequeña criatura luminosa que se quitaba sus zapatillas doradas; y se recargaba en el filo del ventanal para no perder el equilibrio.
-Soy un hada - respondió la pequeña criatura, sin prestar demasiada atención a su interlocutora.
-Pero ¿acaso las hadas no tienen alas?
-Pues esta hada carece de ellas.
-¿Y qué haces aquí?- Celeste no se decidía a acercarse, jamás había visto algo como aquello en su vida.
-Es que ya no puedo volar.
-¿Por qué no?
-Se me quemaron las alas; se achicharraron hasta que no quedó más nada, ni el polvo.
-¿Por qué se quemaron?
-Por amor, supongo.
-No comprendo - Respondió Celeste percatándose de que su asombro le había impedido comprenderlo todo desde el principio.
-Me encendí en llamas con el fuego de un amor que, al igual que mis alas, poco a poco se apagó.


En algún bosque incierto hubo un momento aparentemente eterno en que las mil tonalidades ocre de hojas otoñales aún se podían oír crujir, el otoño se las llevaba estéticamente de un lugar a otro sin rumbo aparente mientras que su relevo, el congelante invierno, se preparaba para tomar posesión de ellas y así terminar el conocido ciclo. De cualquier manera, era éste un atardecer hermosamente cálido, el brillante olor cobrizo del bosque llegaba hasta el cielo y el trino color celeste de las aves tomaba ya rumbo hacia algún lugar donde las ramas no se congelan nunca. “La estación más melodiosa” decía Minda. Ella y su frondoso roble, disfrutaban de los últimos días de calor con los que gozarían aquel año. La hojarasca multicolor revolcaba los cabellos del hada y tornaba sus alas en un sin fin de formas coloridas. Minda adoraba el color que mostraban sus alas en esos días; aquella tarde en especial brillaban hilos de oro por sus filos. Lástima que el hada viviera sola. Era cierto que tenía al viejo roble donde habitaba, quien era como un padre para ella, pero jamás podría hacerle ver aquellos colores hermosos; suponía que él la escuchaba, eso era lo importante.

Minda pues, decidió alejarse un poco hasta la rivera para apreciar los contrastes de sus alas en el reflejo del agua. Arribaría a lo que, de hecho, era un riachuelo juguetón que armonizaba el ambiente con los trinos, ahora, más lejanos de las aves.

El hada tomó un poco de impulso y levantándose de una delgada rama, voló sin prisa hacia el fresco riachuelo. Con unas cuantas gotas sació su sed y con otras cuantas se aseó. Mientras recordaba al mítico Narciso, contemplaba su reflejo. Sabía que tomaría un descanso por algunos meses hasta que la primavera venciera de nuevo a su eterno enemigo. Sus meditaciones fueron interrumpidas. Escuchó un sonido incierto que la sacó del trance y atrapó su atención. Un sonido que jamás había oído. Un sonido con un ritmo sin igual, métrica perfecta, dos cuartetos seguidos de un terceto… parecía un soneto, pero era una forma poética desconocida. Ese conjunto dejaba muy por debajo las cualidades del cantar del ruiseñor; armonía en espiral. La melodía era algo inconstante al principio, cobraba ritmo poco a poco, crecía, parecía no detenerse. Al poco tiempo, una voz se integró al concierto. Era música.

Sonido tan misterioso como el origen del tiempo no pudo escaparse de la atención del hada, quien rápidamente agitó sus delicadas alas y despegó en veloz vuelo buscando la fuente de su curiosidad. Voló sobre unos cuantos arbustos y logró divisar algo. Tratando de enfocar la imagen, descuidó el vuelo y chocó contra una rama perdida. El sol otoñal la confundió aún más cuando trató de ponerse en pie. Una mano la ayudó. Era una mano inmensa, ¡era un gigante! Nunca había visto a un ser tan raro, sin alas, sin pelo, todo del mismo material, pálido como la nieve próxima y con una mirada inocentemente bella. Lo contempló fija y atentamente.

-¿Qué haces princesa, piensas quedarte ahí parada? – sólo una sonrisa vislumbró Minda y permaneció en silencio. - Siéntate, escucha un poco. A ver qué opinas.

Minda podía sentir cómo los sonidos fluían desde algún punto dentro de este peculiar ser. La melodía se le incrustaba en el cuerpo, paulatinamente, hasta las puntas de cada uno de sus dorados cabello. Aunque anonadada por la dulce voz, pudo recordar que alguna vez había escuchado rumores acerca de seres semejantes al que tenía frente; Seres apodados humanos. Nunca había visto uno pero la descripción del bosque se asemejaba bastante, salvo por una gran diferencia: se decía que los humanos eran fríos y tristes como el invierno, al que Minda tanto temor tenía. Se preguntó luego cómo es que esta criatura había llegado al corazón del bosque fantasía que sólo algunos seres (y no precisamente humanos, o lo que fuera) tenían la facultad de alcanzar.

Poco a poco el místico canto comenzó a aclararse, las fascinantes notas se convirtieron en palabras que ella conocía y comprendía a la perfección y toda la sinfonía tomó sentido. En un instante, un silencio sepulcral se apoderó del bosque que, hasta ahora, había permanecido atónito. Él había cesado su canto y la normalidad tomaba su ritmo habitual. La criatura pensativa, el hada temerosa de acercarse.

-¿Y bien? – concluyó él.
-¿Qué dices?- por más esfuerzo que realizó, Minda no entendió lo que dijo.
-¿Te gustó? – él tampoco comprendía lo que decía el hada, pero lo suponía por sus expresiones faciales.

Entonces fue cuando Minda intuyó que no hablaban la misma lengua. Sintió la desesperación correr por sus venas, la sangre se le tornó espesa, el pálido de sus mejillas se puso carmín intenso y, por un momento, estuvo apunto de retomar el vuelo y no volver jamás. Sin embargo, él cantó de nuevo y ella comprendió. Aunque el hada no conocía las palabras, sentía la melodía bien arraigada en sus raíces y tarareó hasta conformar un dueto. Los pájaros cesaron sus trinos y sintieron envidia, el bosque se paralizó, no hubo más preparaciones para el invierno. Todos contemplaban el espectáculo; un hada y un humano, cantaban.

En su canción, el joven poeta le contó un mundo nuevo: cubos grises que tapa al sol, gente que corre para ganar una carrera sin fin con el tiempo, tecnología, avances, estrés y un sin fin de terminología totalmente bizarra para el mundo mágico de las hadas. Pero él habló de sus sentimientos y al describirlos Minda se percató de que era algo que ambos tenían en común. Abriendo su alma, él concluyó su sinfonía hablando de amor.

-Hueles a roble viejo – dijo el joven.
-Has cantado de amor, pero ¿qué es amor? – Preguntó Minda, sin haber comprendido lo que él había dicho antes.
-Cierra tus ojos.
-No te entiendo – tartamudeó Minda retrocediendo. Entonces él se acercó y se los cerró.
-No te muevas.
En un instante eterno, él la besó.

El momento se decoró enseguida. La música brotó sin instrumento alguno. La hojarasca se elevaba hasta tocar el cielo, la naturaleza estaba alborotada y el bosque perdió toda noción de cordura cuando vio a un ser humano besando a una criatura mágica. Todo el desorden se convirtió en armonía.
-Eso es amor.- dijo él.
-Amor- repitió ella.
La luna los señoreó con todo resplandor aquella noche y cada amanecer seguía a otro en un período indeterminado. Cada noche más fría que la anterior, cada mañana menos larga que la siguiente. El invierno estaba ahí y el bosque se había vaciado sin que los amantes se percataran. Era hora de despedirse, él debía marcharse. Tenía que volver a aquel mundo gris de los relatos.

El poeta pensaba que un adiós era una cosa seria y como él no era una persona seria, mejor no dijo nada. Su despedida fue una sonrisa, como la del principio, como la única y se perdió entre los árboles al alejarse del corazón del bosque hacia su hogar. Minda se quedó pensando muchas cosas, o tal vez no pensaba nada… solo sabía que algo le dolía, pero ya no le importaba. Aquel joven de sonrisas blancas no pensó nunca que debió haberle hablado a Minda de lo que era la soledad.

El frío era tremendo, este invierno más crudo que ninguno, pero Minda no se movía. Las perlas le brotaban de los ojos, primero con dificultad y luego con un alivio tan doloroso como una espina enterrada en la planta del pie. La razón le ganó por un instante al dolor y el hada caminó metódicamente por el sendero sin saber rumbo ni dirección. Encontró su roble, ya viejo y sin hojas, dispuesto a renacer. Trepó con el sopor en las manos, el cansancio de no haber dormido en meses se le notaba en las fuerzas, pero era tiempo de invernar y no había más que hacer.La desesperación no encontraba explicación, jamás había sentido dolor tal cual; la soledad. Se acurrucó en un agujero, meciéndose para tratar de generar un poco de calor, pero las lágrimas no la estaban ayudando. Empapada y congelada el hada por fin entró en el sueño aquel que la retoñaría en otro tiempo.

Tiempo después, un último soplido de calor hizo despertar a Minda. Ella supuso que tendría que levantarse en algún momento. Le costó trabajo incorporase, no tenía ganas de nada más que ver al poeta. Al salir se quedó muda, ella no recordaba haberse quedado en una rama tan alta ni que su roble fuera tan grueso. Continuó observando el entorno, algo estaba mal. Hundida en su tristeza, el hada se había quedado dormida un poco más de lo normal. El verano estaba a punto de su fin, volvían a caer las hojas, hacía un poco de frío y el pequeño riachuelo era ya un río caudaloso. Recordó el trato que había hecho con el joven y voló en su búsqueda. Voló tan rápido como pudo, voló en contra del viento y casi quiebra la armonía de una parvada que planeaba en dirección opuesta. En su vuelo lo encontró, ¡cómo olvidarlo! Pero algo seguía mal, el poeta no cantaba más. Parecía un roble, grande pero viejo y sus ojos se veían cansados, su cabeza era blanca como la nieva, sus manos llenas de arrugas como flores marchitas, en vez de una arpa de madera, tenía en su mano una pluma de ganso gastada ya de tanto batirse en tinta. Dibujaba algo, no eran musas ni paisajes, eran curvas y líneas unidas por hilos frágiles y tristes. El poeta no cantaba más.

Minda no durmió una primavera, eso estaba claro ahora. El bosque estaba más sombrío que lo normal, los búhos ululaban a la Luna próxima y la oscuridad aplastaba con fuerza el tenue resplandor del Sol.
El hada trató de descender hacia su amado, pero el aire se lo impidió, agitó sus alas con toda la fuerza que encontró cerca pero fue inútil… una tormenta cayó del cielo, de la nada. Un estrago dentro de sus vísceras la hizo caer en picada, el remolino de viento y agua le destrozó un ala. Cayó cerca de un arbusto y emprendió el vuelo de nuevo entre el huracán de furia que se dejaba caer con todo su coraje contra ella. Divisó una silueta, no muy lejana, pero en un instante se esfumó. El miedo que sentía era terrible, pero no tanto como la soledad que sintió al perder a su amante por primera vez. Luchó por volar y cuando no pudo volar corrió y cuando dejó de hacerlo caminó y finalmente se arrastró entre los restos de aquel bello bosque que era arrasado por la fuerza de la tormenta. Pero Minda no dejó de luchar. Entre penumbras y vestigios la única luz que la guiaba era la suya. Luchó toda la noche por encontrar a su amor, peor fue inútil, al comenzar la tormenta él se había ido. La rabia se apoderó de ella. El dolor se volvió ira y la ira desesperación. Ella se elevó sin saber su destino y mientras volaba comenzó a llorar. Sus lágrimas esta vez no fueron de agua, chispas de fuego brotaban de sus ojos cada vez con más constancia y el hada no se percató en qué momento una llamarada se apoderó de sus alas y la derribó inconsciente en llamas sobre una tierra desconocida. Aquel sentimiento del que nunca nadie habló se volvió a posar en su pecho; esta vez era mucho más familiar.

-Pero ¿cómo llegaste a mi casa? Si el bosque está a kilómetros de aquí.- Celeste estaba perpleja. Ésta era, probablemente, la historia más fascinante que jamás hubiera escuchado.Un verdadero cuento de hadas.
-No lo sé, sólo sentía que el fuego me quemaba las alas. Y busqué un lugar para refugiarme.
Celeste observó cómo la pequeña hada se veía sin sus alas, o lo que quedaba de ellas. Su frágil cuerpecillo estaba desgastado y su luz no brillaba como antes. Celeste aún con cierta distancia, le ofreció un pañuelo para que se cubriera. La tormenta duró toda la noche, y el hada dormitó con mucho trabajo. Celeste quiso permanecer despierta velando el sueño de la pobre criatura huérfana de halas pero el cansancio le ganó la batalla. El cuarto se iluminaba cada vez que caía un trueno y al escucharse el relámpago, la habitación volvía a la obscuridad decadente que acompaña al silencio.
Celeste dormía profundamente, hasta que poco antes del amanecer, cuando la penumbra reinaba en la habitación, su ventana volvió a ser tocada. Celeste se levantó perezosa y torpemente la abrió. Un hombre anciano con dos hilos de oro en la muñeca y una pluma en la mano respiraba agitado, Celeste se percató en su mirada cansada y sus cabellos súbitamente envejecidos, que aquel hombre había corrido toda una vida sin descanso... Entre bocanadas de aire, el hombre pudo decir:
-Creerás que soy idiota pero hace tiempo perdí al amor de mi vida y me he cansado de buscarlo. Desde entonces paso todas las tardes en aquel lugar, donde la conocí, entreteniéndome con cualquier cosa esperando volver a verla... He seguido un rastro de luciérnagas desde el bosque - prosiguió con un último esfuerzo – supuse que era ella y me ha devuelto la esperanza. ¡Te lo implora un poeta, niña hermosa! ¿No ha visto pasar un hada?
Antes de que el hombre terminara de hablar, Celeste ya estaba señalando el lugar donde había puesto al hada. El hombre miró en aquella dirección y lo único que pudo ver fue una hermosa flor dorada carente de dos pétalos cubierta por un pañuelo. Depositó su pluma junto a la flor y se marchó.

Ese madrugar el invierno comenzó.Y yo, desde ese madrugar creo que existen las hadas, los dragones y el amor.

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