Stranger in his own Land

This is it. Here I go again. Breath. Walk in.

Las puertas dicen tire, pero siempre empujás. No hay caso. Comenzaste atorándote en la entrada. No que al guardia le importe, su celular cumbiero lo tiene anonadado. Adentro hay carteles, escaleras, ascensores que van para todos lados, pero vos conocés el camino, porque has estado acá varias veces en los últimos años. Un par de pisos arriba, el barullo de la concurrencia comienza a acelerarte el pulso, cada paso es una semicorchea, un puntillo, trecillos, dieciseisavos… taquicardia en el Hall central.

Hace tanto que estudias y trabajas en inglés que, tu primer pensamiento, cuando estás expuesto, viene en ese idioma. Tu sistema nervioso te hace pensar que eres un extranjero para disimular tu presencia y que nadie te vea. Eres invisible.

Pero es incongruente ¿no? Postular tu trabajo ante un renombrado Congreso para exponer tus ideas -entre tus colegas, tus contemporáneos, gente que gira en tu ecosistema hace más de veinte años- y pretender ser invisible.

Ahí está el doctor Cosme cafeteando con la Licenciada Perez Plasencia. Ella habla sobre el poder del otro en la antropología urbana, él se babosea en su escote. Más allá tus compañeras del taller marxista: Ana Laura y Jimena. Resentidas y frígidas, pero sobre todo, investigadoras de quinta... please don’t let them see you.

Allá, junto al Stand de Editorial Planeta, el siempre simpático Edgar Kraus. Ya vas levantando la mano y esbozando la sonrisa cuando ves que vuelve su mujer del baño. Y, como buena socióloga, odia tu trabajo… y te odia porque una vez se lo dijiste.

Así son los congresos. El café es pésimo, el olor a polvo en las cortinas y alfombras se mezcla con el sobaco de los intelectuales y los pseudo intelectuales y los estudiantes mugrosos. Esto no termina de asimilarse dentro de un saco de lino francés, zapatos italianos, portafolios inglés.

Te sientas en un escalón de la salida de emergencia a hojear el programa en la versión anglo. No prestas atención al contenido sino que buscas los errores –horrores- ortográficos, principalmente en tu nombre. De reojo miras a la gente que deambula por el Hall.  Te palpita el corazón pero no sabes si es el calor, el olor, el café, el nervio.

Take a deep breath and follow your mind into a peacefull beach…

Cuatro y media. Tienes sueño, te quieres ir.  Estás a punto de entrar al Aula Magna donde vas a exponer tu trabajo reciente. Todos te conocen, pero nadie te saluda. ¿Será porque no quieren acercarse? ¿Es muy evidente que estás incómodo? ¿Finalmente haz logrado desaparecer?

Aparece el doctor Palmer. Viene con unas connacionales tuyas, todos riendo. En tu fallido intento por saludar en castellano te traiciona una mueca de boludo y la tonada yankee. Empieza la serie de preguntas, sobre el lugar de origen, la expatriación, el matrimonio, la militancia en Norteamérica, la vida en el exilio.

Cada frase te aleja más del estado de no ansiedad, y pese al esfuerzo por responder con monosilábicos o frases cortas, te descubres rodeado de estudiantes curiosos y colegas escépticos que escuchan tu speech bilingüe salpicado de castellano cortazariano.

Breath in, breath in, breath out.

“disculpe Dr. M” te interrumpe una gordita con anteojos y pelo seboso. “Ya estamos esperando a los conferencistas en la sala Eva Perón.” ¿Te habías olvidado que acá todo se llama Eva Perón o Perito Moreno? No, eso no se olvida.

“Muy amable compañera.” ¿Compañera? ¿Camarada? ¿Piba? ¿Cómo se denomina ahora a los estudiantes intelecualoides de pseudo izquierda neo burguesa? Ninis that would be for sure…

Entras en la sala cortando con una espada invisible la insoportable densidad del sueño colectivo de todos los concurrentes. Todavía no empezó el simposio y ya todos tiene pereza de lo que se avecina. Mientras te limpias los dientes con la lengua, te arrepientes de la última tacita de café que tomaste allá afuera; las últimas cuatro. Te sientas, te acomodas los anteojos (¿lentes? ¿glasses?) y se escuchan los aplausos.

“A continuación, el Dr. M de la universidad de Stony Brook. Sus trabajos sobre el envenenamiento por mercurio y la locura en las minas de la Colonia lo han consagrado como una eminencia tanto al interior de la academia de Historia norteamericana, como en el Instituto Nacional de Química y Salud Social.” Clap clap clap.

My hands are shaking and my throat is terribly dry. Should I start drinking water now? Should it make me go to the bathroom in the middle of my conference? May escape then? Should I sart running as Fast as my heart beat? I waited hours for this… I should have stayed asleep today… focus… think… I am gonna try to organice my thoughts, but the ventilador throwing all my papers to the floor is not helping. So no outline, no saliva, no idea why this keeps happening to me after 25 five years as an academic professor! I take a last deep breath before colapsing… I am closing my eyes… forget about inflation, migrancies,peronismo, mate, la Boca, Bartolomé Mitre, Río Cuarto… mis viejos… el PeAche de la calle Riobamba... In the flicking memories I grab into one about my childhood , and my big brother, sitting there, having la merienda with me, telling me: Escuchame boludo, la próxima vez que tengas que hablar enfrente de la clase, hacé un chiste. Cuando los veas reír, todo va a ser más fácil.

La última vez que dí esta charla, mi vieja gritó desde la fila ocho ‘Pablo, por dios, ¿no tenés nada nuevo para decir?’ Es cierto, siempre digo los mismos chistes, por suerte mi vieja ya no está entre nosotros, y puedo volver a presentarme en los congresos Latinoamericanos con mis viejos chistes y sentirme como en casa.”
Everybody is Laughing now. So life proceeds.

Comentarios

Entradas populares