8.4.05

intercourse

Esa tarde, cuando regresó del colegio, se dio cuenta de que habían rayado de nuevo la puerta principal.
“Mierda” se dijo mientras se imaginaba los alaridos de su madre cuando lo viera. Pero la conciencia de tener que limpiar la madera con el producto-específico-de-alta-calidad lo antes posible se desvaneció ante la resignación de aguantarse las ganas de mear mientras perdía valiosos minutos en quitar los mil cerrojos del portón colonial convertido ahora en orinal del poodle-rata-fina de la casa vecina y mural comunal de los “huele-thínner” de la prepa de gobierno más cercana… algo llamó su atención y volteó al prenderse una luz al otro lado de la calle y ver que la vecina ya había vuelto de sus vacaciones.
No lo dudó. Apresuró el paso, contribuyó en la decoración de la puerta de su mamá cuando se le resbaló la llave de seguridad, abrió como pudo, se fue desabrochando la faldita colegiala y milagrosamente no orinó el pasillo. Sentada tuvo que apretar el abdomen, hacer correr el líquido amarillo entre sus piernas lo más rápido posible y buscar entre los cajones algún resto de papel de baño. Nada. Es lo malo del baño de visitas… nunca nadie lo usa y ni la criada se preocupa por revisar si hay papel, pañuelos desechables o de jodido una revista vieja. Ni hablar. Se subió la tanga y sintió las gotitas correr por la entre pierna mientras subía las escaleras.
Buscó el mejor ángulo en su cuarto pero no se alcanzaba a ver. Probó desde el cuarto de sus padres pero estaba demasiado frente, demasiado obvio. Finalmente no le quedó más que el pasillo, área común sin privacidad, sólo le quedaba esperar que la suerte le favoreciera y nadie decidiera regresar a casa temprano.
Justo a tiempo, veía que ella ya había encendido las velas; las flores, los espejos, la música… todo parecía igual que siempre pero esta vez algo nuevo apareció desde las sombras: un hombre sosteniendo una botella de vino o champaña o lo que fuera, y tres copas.
La colegiala comenzó a restregarse entre las sombras, las piernas entumidas le indicaban que esta vez el cosquilleo no sería suficiente y terminaría arrastrándose toda entumida al final de la función.

Ahí estaba aquel hombre, no muy grande, probablemente menos de 40, rubio, camisa deportiva, pantalones color beige y pies descalzos. Ahí estaba la vecina, tan tranquila como siempre, revisando las velas, acercándose al aparato de sonido seguramente a cambiar la canción o modular el volumen y ahí estaba el futuro dueño de la tercera copa, recostado sobre el sillón. Personaje inusual, joven, no más de 25, moreno, grandes ojos inquietos, cabello corto, la nariz un poco roja, no era el estilo pero tampoco hacía desentonar el cuadro.
El que tomó la iniciativa fue el güerito, algún polvo le dio al moreno para que se lo metiera por la nariz. Se miraron muy raro, como si fueran cómplices. De pronto el moreno le tomó la mano y se la lamió, pegó un brinco y corrieron a encerrarse en la habitación de junto y la vecina, tomó su abrigo, las llaves y salió.

Julieta estaba que se cagaba, desde el pasillo no se veía la otra habitación, sabía que tenía que arriesgarse o se perdería el eclipse. Abrió el clóset de blancos, hizo un gran tiradero, se trepó sobre la caja del vestido de novia de su mamá para alcanzar la última repisa y tomar los binoculares del abuelo. Saltó de la caja ahora inservible y toda manchada de las gomas de sus zapatos. Aprovechó para quitarse los calzones que ya de por sí estaban todos mojados y subió a la azotea.
Desde ahí tuvo que hacer malabares para conseguir el ángulo perfecto, saltó el fregadero, la reja de tender y hasta el tanque de gas. “Sólo espero que tantos pinches raspones al final valgan la pena”.
Por fin del otro lado de la casa, sin calzones, con las rodillas percudidas, la respiración entrecortada y los binoculares ahorcando su cuello, se agazapó junto al nicho por donde pasan los cables de teléfono y televisión, tomó una profunda bocanada de aire y ajustó las mirillas del binocular.

Los dos hombres de había encerrado, ahora totalmente desnudos y aparentemente drogados con algo que no era marihuana, se acariciaban como bestias salvajes, desde lejos podía observarse como dos pares de duras nalgas se movían sin parar en una cama desflorada. Súbitamente se detuvieron, miraron hacia la puerta, al parecer alguien estaba tocando. El moreno se cubrió con una de las finas sábanas de seda de la vecina ausente pero no dejó de hacerle sexo oral al otro. El chico guapo le hizo señas para que reanudara lo que estaba haciendo y le empujó la cabeza hacia el pene, pero la puerta comenzó a abrirse lentamente y una mujer asomó la cabeza; era una sirvienta, con todo y uniforme. Una chavita con ojos de borrego a medio morir entró al cuarto y se quedó petrificada.
El rubio se quitó al moreno de encima, se paró sin pudor alguno y le tomó la mano, algo le dijo que la pobre gata no supo si reír, ruborizarse o cagarse de miedo. Ella no respondió y el tipo le puso la mano sobre su pene y comenzó a hablar con el moreno, las reacciones de la criada son difíciles de describir, quitó la mano, el tipo aún de pie, se la volvió a agarrar, esta vez con más fuerza, la volvió a colocar sobre su pene y ella no paraba de reír. No volvió a retirar la mano, al contrario, la apretó contra el miembro del otro y empezó a masturbarlo.
El moreno se había incorporado, hasta lo drogado se le ha de haber quitado de la impresión, el hombre más grande acercó a la sirvienta a la cama, se recostó y jalándole bruscamente el cabello, la hizo acercar la boca a donde estaba la mano. Mientras ella lo besaba, él le dijo al moreno que se acercara, tomó delicadamente su sexo y lo lamió cual paleta de limón.
De pronto el moreno se soltó, se acercó a sus ropas y sacó algo de ahí. Luego se acercó a la chica y de las greñas la soltó provocando un gesto de dolor en la cara del otro hombre. El moreno trató de abrirle la boca a la extraña, ésta se negó, se acercó a su cuello y la tomó con las dos manos, dijo algo y el rubio le agarró los brazos. El moreno soltó una mano y forzó la boca de ella hasta que tragó lo que haya sido que sacó de su camisa, le levantó la cabeza y le escupió para obligarla a tragar bien. Finalmente lo hizo y luego comenzó a chillar.
Pasaron unos momentos, el hombre de la iniciativa la tomó en brazos para consolarla. El moreno parecía molesto por algo y seguían discutiendo. De pronto se callaron y ella ya parecía más tranquila pero algo ruborizada, como que le dio calor. El tipo rubio le quitó el delantal, la camisa de esclava que usan las criadas y hasta el sostén color azul turquesa que contenía dos pequeños y firmes senos. Ella le besaba el cuello y el moreno no dejaba de estar molesto. Ambos hombres volvieron a discutir mientras el primero la seguía acariciando, parecía estar ida… en el viaje de su vida. Dejaron de discutir, el moreno se acercó de nuevo al sillón por su ropa, encabronadísimo. El rubio le arrancó la falda y la tanguita a la sirvienta -que en ese momento, así sin ropa, dejó de parecerlo- montándosela encima mientras disfrutaba los gritos de placer. Pero el moreno no se estaba vistiendo, traía uno de esos penes de plástico en las manos, le abrió las nalgas a la vieja, fuertemente le metió esa cosa por atrás, sin lubricante ni nada, el gesto de placer en su cara se desfiguró súbitamente por el de un grito de dolor. Se abrazó al rubio llorando de nuevo y los dos tipos ahogándose de la risa. La cosa de plástico entraba y salía de su ano y ella comenzó a cabalgar, después el moreno le sacó el pene sintético y se lo acercó a la boca, pero el rubio lo paró y lo obligó a meterle el pene real. Con una mano lo forzaba por las nalgas y con la otra se masturbaba. Finalmente el rubio se corrió, tan fuerte como pudo, mojándole a ella toda la cara conteniendo un gesto entre asco y satisfacción. La levantaron, ella parecía inconsciente… la llevaron al sillón, el moreno entró al baño y salió con un vaso con agua, le mojó la cara, ella reaccionó sólo cuando el moreno le abrió la boca para venirse dentro, mientras el rubio se orinaba en sus senos.
Toda orinada, manchada, mojada, extasiada y extremadamente drogada, la chica cayó al suelo, el rubio volvió del baño con una inyección que no le hizo nada pero ellos ya estaban muy descargados. Comenzaron a pelear, el moreno gritaba histérico, se vistió y se largó, el rubio volvió al baño, sacó una cubetita y volvió a mojarle el rostro a la sirvienta… ella no reaccionaba.

Del otro lado de la calle, los pájaros dejaban de trinar, el sol comenzaba a ocultarse y Julieta, con las piernas abiertas, las rodillas raspadas y un cigarro en la boca, pensaba que estas cosas sólo le pasaban a la gente que prefería espiar a sus vecinos que mal cogerse a su novio adolescente.

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