12.1.05

de espaldas...

Duermes dándome la espalda; inocente, inofensiva, inmaculada, inmóvil, imposible… eres sólo un espejismo de belleza pues te delatan las marcas en la piel, esa manera tuya de destrozarte la espalda con las uñas cuando te invaden los nervios.
No te vez nerviosa ahora, los arañazos comienzan a lucir como cicatrices de un viejo dolor; pareces tan buena que me apetece revolcarme contigo una vez más. Y me das miedo mientras estas manos que hieden a sexo retuercen la colilla de tu cigarro vacío. Sólo tú tienes la capacidad de hacer que un hombre te ame y te odie a la vez. Amo revolcarme contigo, te amo porque finalmente has podido abrir el corazón junto con las piernas y te odio por eso, te odio gracias a que durante todo el tiempo que pasamos juntos nunca supiste hacerlo. Encerrada en tu morado caparazón, me convertiste en un títere que se desvivía cumpliendo tus caprichos, soportando el ruido infernal de tus sollozos, mordiéndose las manos en los intervalos de un berrinche eterno, resignándome cada vez que te quedabas dormida en la cama antes de hacer el amor.
Y ahora estás aquí, con la cabeza gacha, arrepentida y durmiendo como un ángel después de horas de ardiente deseo. Me da asco tocar ese rostro que sueña placenteramente mientras me invaden los celos, la angustia, el rencor...
La vida te dará la lección que mereces. El teléfono suena, es ella que me está esperando. A ti no tengo ganas de verte cuando despiertes. Volverás a buscarme cuando quieras, yo volveré a aceptarte cuando necesite tu cuerpo. Sal de mi vida, sal de mi mente... deja de hacerme quererte como mercurio pesado en mis venas que me intoxica pero no me mata.


La brillantez de la luz artificial lastima cuando se ha soñado con tal intensidad después de meses de no poder dormir. El frío de un corazón vacío se me cuela por los huesos como balde de agua helada mientras salgo de la cama y comienzo a vestirme. Volver a caminar sola, seguir deambulando por las calles de noche, conducir queriendo llegar a ninguna parte. Se siente vacío cuando me encarcelo en esta coraza por necesidad más que por convicción.