18.2.07

Al irte dejas una estrella en tu sitio

I

Cuando Clara tenía 18, y aún cursaba la preparatoria, comenzó a salir con un chico un año menor que ella; guapo, roquero, alto rubio y de cabello chino… un rebelde sin causa prototipo de esos que vuelven locas a las chicas. Bueno, pues Clara se volvió loca, perdió la cabeza por este chico, ignorando los comentarios negativos de sus amistades y pasándole encima -con los tacones altos- al amigo en común que los había presentado quien vivía secretamente enamorado de ella.
Él era el primero de una serie de varios novios con la misma descripción. Era su amor adolescente total. Se llamaba Uriel… Ese sí es un nombre feo, pero le daba el golpe final a su exótica personalidad de alma confundida, enojada con el mundo, siempre a la vanguardia, siempre incomprendida en un mundo aristócrata donde se le despreciaba como un bueno para nada por ser músico. Tocaba la batería y tenía su banda de rock y creo que Clara fue la primera chica con la que hizo el amor.
Total que Clara terminó la preparatoria un año antes que él, siguiendo en parte la tradición local de darse un año sabático antes de comenzar sus estudios universitarios, y como el espíritu sofocado que era, se largó a Europa, inicialmente por mes y medio. Pasado ese tiempo, él dejó de contestarle los largos y apasionados correos electrónicos no sé porqué absurda razón, desconociendo los chismes que le hayan contado sus “amigos” sobre ella; que la muy zorra se había tirado a toda Europa. Lo cual –hasta el momento- era mentira.
Cuando le dejó de escribir, por ardida un poco, despechada otro más y por azares del destino, dijo: está bueno cabrón... si quererme no es una obligación, que te vaya bien en la vida. Y comenzó a salir allá en París con Felipe el argentino que le sonrió una tarde en el metro, cerca de la estación Trocadero.
Todos los regalos que le había comprado los regaló a otros amigos, menos un cenicero en forma de calaveras blancas que tenía inscrito al centro “I will see you later”. Clara regresó de viaje y fue a dejárselo a Uriel a su casa del Pedregal una tarde en la que sabía que no se encontrarían. Aunque nunca tuvieron una plática o una carta de despedida, sabía que ese era el final, y se secó con el puño de la manga unas lágrimas solitarias que se escaparon involuntariamente de sus ojos mientras se alejaba de la casa.
Pasó poco tiempo antes de que ella comenzara a salir con José Antonio y él con María José. Las vueltas que da la vida los hicieron reencontrarse un par de veces en 6 años, ellos mismos, con su destino siempre magnético y por desgracia, en ese ir y venir de ambos, entre tanto viaje, estudios en el extranjero, escapes fugaces al norte, al sur y al oriente, no pudieron jamás retomar el camino truncado por ese viaje inicial de Clara hacia Europa en el 2006. Clara solía escribirle cuentos a Uriel, decirle que ella lo conocía de otra vida. Uriel siempre agradeció los escritos a su propia manera, con esa forma tan curiosa de hablar donde parece que dice nada, pero al interior del discurso está un enigma lleno de dobles significados y múltiples acertijos. Se siguieron queriendo de lejos, Clara no le tenía rencor y Uriel poco a poco olvidó que fue lo que lo hizo dejar de querer salir con ella. Curiosamente y pese a todo ese vaivén, hoy en día ella mantiene una relación intermitente con el mismo José Antonio y él sigue con la misma María José, y también es curioso que nunca pensaron cuánto iba a durar la pasión entre ambos, aún cuando se han visto escasas ocasiones en todo este tiempo.


II

Fue hace algunas noches que Uriel llamó a Clara. Ella se sorprendió a sí misma cuando dijo “¿hola?”, pues estaba acostumbrada a no contestar llamadas de números desconocidos. La sorpresa le cayó como balde de agua fría justo cuando escuchó esa aguda voz de tenor del otro lado del auricular que la saludaba con tanta familiaridad y cariño. Como Clara canta, y él lo sabe, le pidió de favor que le ayudara a grabar unas voces para una canción electrónica que había compuesto en su nuevo estudio. Clara dijo que lo pensaría, pero más tardó en colgar el teléfono que en ponerse un poco de maquillaje, peinarse el cabello hacia atrás y salir corriendo a la avenida Cedros 76 edificio C departamento 2, dejando hasta el televisor encendido.
No iba nerviosa por verlo, sino porque tendría que cantar y ya era un poco tarde para su garganta, pero lo hizo bien. Las voces que tenía que inventar y luego grabar eran para acompañar la música de un promocional que él y su socio el Richie iban a presentar ante un gran corporativo como parte de un proyecto para una campaña de cosméticos. Ni modo –le dijo Uriel- a veces uno tiene que comercializar el arte güerita, ¿qué le vamos a hacer?
Siempre le gustó que le dijera güerita, aunque hace ya un par de años que el cabello se le había oscurecido de tanto teñírselo de rojo. Pero él ya lo decía como una de esas hermosas costumbres que se te quedan incrustadas, como responder “mande” cuando alguien te habla… o como encender la computadora por las mañanas; algo totalmente cálido y cotidiano que no se había perdido entre ellos.
Mientras cantaba en el estudio Clara podía ver a través del cristal que la separaba de su guapo ingeniero, una colección considerable de ceniceros y demás accesorios en forma de calavera. Se sonrojó cuando más tarde Uriel le recordaba que ella le había ido a dejar un cenicero hace muchos años venido de Praga probablemente, mismo que le mostró y no reconoció hasta que leyó algo así como “… see you …ter” entre tantos y tantos y tantos millones de cigarrillos consumidos ahí a lo largo del tiempo.
Luego sacó una cajita con recuerdos, y ahí estaban: fotos de ellos mucho más jóvenes, muy enamorados, muy guapos los dos, sentados por la noche en la sala de ella, en una comida acaecida una tarde soleada de un sábado cualquiera en el jardín del primo Gerry que vivía lejísimos allá por Cuajimalpa cuando todavía no era común alejarse tanto del sur, abrazados arriba de una trajinera en Xochimilco, ella sola de perfil sonriendo a medias a su fotógrafo favorito, él a blanco y negro tocando la batería… tantos recuerdos, tantas emociones, tanto whisky, tanto tabaco, tanta conexión. Hablaron de música toda la noche hasta quedarse roncos, hablaban sobre la canción que los definía, sobre el destino, sobre la importancia de retomar las enseñanzas clásicas en la música contemporánea, sobre el porqué es importante seguir los sueños y la necesidad que tenemos los músicos de siempre hacer arte aunque no siempre sirva para comérselo.
En qué momento se le comenzó a nublar la vista a Clara, tal vez por ahí de la quinta copa, en qué momento sintió la necesidad de olfatearle el brazo cuando se acercaba a encenderle un cigarrillo, probablemente desde antes de nacer. Uriel no retiró el brazo, la tomó por los hombros y ella se levantó a abrazarlo, permanecieron así por siempre, fundidos en uno mismo por un instante eterno y luego se besaron. Se besaron hasta el amanecer, hasta que se les secaron los labios por tanta humedad, sus besos eran perfectos, la lengua de él no tropezaba con nada en su camino al interior de la garganta de la pequeña Clara y sus cuatro manos se buscaban frenéticamente a tientas en la claridad del alba. Se dijeron tantas cosas hermosas, dicen por ahí recordar es volver a vivir y esta manera de revivir la llama entre ambos era mágica. Les hubiera gustado despertar juntos, fumarse un tabaco, hacer el amor una vez más, pero era imposible pues ambos tenían que irse a trabajar en pocas horas, crudos y desvelados y con todos los sentidos tapizados de sexo. Todo valía la pena.
Ahora no se volverán a hablar, no se verán, ella probablemente le escribirá un par de poemas en secreto y él la pensará intensamente al escuchar su voz mientras edite sus canciones. Mantendrán su relación en estado latente y a distancia como bien han aprendido a hacerlo y sólo el tiempo les recordará, si se vuelven a cruzar en el momento y lugar preciso, que están cortados de la misma tela, cosidos a la misma estrella. ¿Qué combate se libra en el espacio? Es algo que ya no puedo narrarles porque no cabe en una letra, una palabra, una cuartilla, una novela… sentimientos así de fuertes sólo pueden ser lejanamente concebidos. Clara y Uriel no podrán jamás expresarle su conexión al mundo, ni a sí mismos, por lo menos no con palabras. Él diría: pues para eso esta el rock mi güera, o ¿tú como vez?

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