10.8.05

éramos todas


Éramos todas. Todas nosotras. Ahí de pie, muy derechitas… siempre de pie e inmóviles, con ganas de seguir adelante, deseosas de ser más que estereotipos, motivadas por las ansias de caminar y romper las barreras, pero siempre estamos… de pie e inmóviles, impedidas eternamente por la transparencia de los acontecimientos. Una ciudad nos vigila; hermosa, caótica, contaminada, atiborrada, compleja… deliciosa urbe; una ciudad nos observa, deseosa probablemente de ayudarnos, de romper los cristales y liberarnos para vivirla. Era imposible.
Un animal se acerca, olfatea el pavimento húmedo de rocío, sabe que las calles no tardarán en despertarnos. Perro viejo camina cerca, perro viejo no sabe que existimos, o tal vez sí… le da igual. Perro viejo husmea entre nuestras faldas, lejano, con ganas de orinar alguna crinolina. Perro viejo husmea. La vieja de la esquina ha dejado de mendigar para impedir que perro viejo manche nuestra pulcritud. “¡Es nuestra calle!” le grita, esperando que el animal comprenda… pero perro viejo no la escucha y sigue caminando, cojeando con su pata inmóvil. En realidad lo que lo mueve, lo que lo mantiene en equilibrio, es el barullo cercano… un tumulto de uniformados opaca nuestras hermosas siluetas. Perro viejo olfatea, temeroso y curioso. Perro viejo se aleja, es finalmente ahuyentado por la anciana que ha de perpetrar la calma de nuestro santuario. Pero la calma no llegará, no para mí que sigo desde esta prisión de cristal a aquel animal que ha de ser amaestrado lejos de mí, querido al sur de la ciudad, cubierto por los brazos de una mujer que no seré yo porque a mí ese animal jamás me considerará una mujer… siempre seré la belleza inalcanzable, la más pura prueba de la perfección y deseo, la figura de lo que definitivamente no querrá cerca jamás; tal vez por miedo… de nuevo, eso le da igual; perro viejo no es más que un animal hambriento de apatía y supongo que será arrollado por algún vehículo de transporte colectivo antes de ponerse el sol en esta despampanante ciudad. Al final del día perro viejo no será mío porque jamás lo ha sido; es un invento ajeno.
Así que enjuago discretamente mis lágrimas de parafina y volteo la mirada; la costumbre de verlo cerca pronto desaparecerá de mi memoria y dejará de cincelarme el alma su recuerdo. Volteo lo suficiente, lo permitido. La miro a ella y te miro a ti. Ella es tan fina, tan blanca y tan simple que me parece un espejismo, silueta demasiado similar al común denominador de nosotras; todas nosotras. Y tú… tú estás, o tal vez hayas dejado de estar. La verdad no lo sé, el ruido matutino del mercado citadino impide que escuche el cuchicheo; voces, canastos, olores lejanos me penetran en el alma, son todos tan habituales que me es imposible distinguir el ayer del hoy, probablemente porque ya sea mañana. Tú estás ahí y ella te ve… perro viejo se ha ido. La multitud no tardará en llegar. Probablemente se acongojen tan cerca de nosotras que empañen nuestras permanentes cárceles y sin mirarnos. Siempre sin mirarnos. Todas nosotras.
Él sigue ahí y ella lo mira… sus lágrimas son tan parecidas a las mías que me asusto. Los uniformados han dejado de hablar, comienzan a murmurar y la ciudad sigue amaneciendo. Los colores despiertan al compás de los relojes, las bacías desaguándose, cortinas corriéndose… una mujer que vende tamales, la vieja permanece alerta por si regresa el animal que inquieta mi estática calma. Y ella, a través del cristal, lo mira… no se cansará de observarlo. Veo en sus ojos ansias que imploran la detención del tiempo, supongo que será imposible… después de los gritos, el murmullo se convierte en un silencio incómodo. Él se irá, al igual que perro viejo se ha marchado. Los palacios seguirán desmoronándose mientras la ciudad sigue creciendo. Los uniformados levantarán al hombre, otros animales se acercarán a devorar los restos de sangre que van filtrándose en el pavimento, lamen discrecionalmente la banqueta, los restos de comida de las fiestas de ayer, las colillas de cigarrillos olvidadas por las multitudes de esta ciudad observante. Observa la ciudad, siempre atenta, la anciana ha decidido dejar el puesto vigía. Lentamente se levanta, algunas botellas color ámbar suenan a nuestro alrededor. Toma una escoba de vara, que pocas varas mantiene en pie. Atenta de que no vuelvan los perros, se ha levantado de su caja de cartón para limpiar la sangre del pavimento.
Ha quedado una mancha; sombra eterna. Los uniformados han cargado al cuerpo. Ella llora en silencio, la veo a través del cristal que nos separa, quisiera consolarla, decirle que la comprendo. La anciana barre frenéticamente la mancha que se resiste a desaparecer. Pide ayuda a las mujeres de la noche que vagan desorientadas en el alba de la calle. Perro viejo se ha ido, no volverá, yo lo sé…. Y ella llora en silencio por un muerto que jamás conocerá en vida.
Las novias de aparador solemos esperar vestidas, sin el privilegio de alborotarnos. Solamente esperamos… no esperamos la muerte, no esperamos la gloria ni la salvación. Esperamos todas las noches que los vagabundos se acurruquen a nuestras faldas y nos miren con nostalgia mientras fingimos indiferencia. Los vemos partir y vemos entrar al sol en escena. La música de los comerciantes alegrará nuestras mañanas efímeramente… sólo son sentimientos robados de las personas y objetos reales fuera de nuestro universo. Quisiéramos ser el perro, la anciana, la puta y el muerto. Pero no somos más que el deseo de una adolescente de conservar su gracia y llevarla en blanco hasta el altar.

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