22.10.04

sonic youth rockea pesado

(el que se separa, se muere)


Cuatro individuos con poco en común, dirigiéndose al mismo lugar. El camino fue largo pero bien sencillo; todo en dirección al oriente, hacia donde sale el sol, luego la vuelta a la izquierda, la carpa de un circo; momento volador.
Demasiadas personas, es extraño que sean todos tan jóvenes, no hay ningún fan original; seguramente es porque estamos bien lejos.
Las patrullas prohíben a los automóviles estacionarse sobre la gran avenida. Hay un servicio de valet parking, la cola es impresionante y el concierto está apunto de empezar.
Dos de ellos se bajan del coche y comienzan a esperar a la entrada del lugar. Los otros dos permanecen sentados en la fila interminable de rojos foquitos, al parecer son los últimos y la acomodadora ha olvidado que siquiera existen.
Comenzaba a entrar la gente. Los coches seguían esperando al valet. Las grúas amenazaban con llevarse al primer incauto.
Tuvieron que dejar entrar a muchos antes de poderse reunir de nuevo los cuatro. Jadeantes comentaron unas breves líneas, pidieron permiso a dos especies de arañas para reintroducirse en la fila... todo había sido estresante pero habían llegado y allá adentro esperaban los demás amigos, sería un gran concierto.



La barra vendía sólo cervezas, el calor en las gradas era insoportable... divisamos que la sirvienta había sentádose junto a nosotros, lo cual agradecemos porque nos ha proporcionado algunas de las mejores carcajadas de nuestras vidas con esa postura de estatua-estoy-barriendo que no perdió en todo el evento; así, tal cual... “como si estuviera en misa”.
Sin embargo fue un gran show y las eternas distorsiones provocaron que el agudo sonido permanezca incrustado en mi cabeza. Hasta “maría” coreó la penúltima rola.
Distorsión.
Una última canción.
Eterna distorsión.
Final. Luces. Tranquilidad. Agudo zumbido. Eterno.
Sigo escuchando el zumbidito, ¡me lleva!



Al salir por el mismo lugar, ya se rumoraba de una nueva oportunidad para seguir bebiendo, fumando, riendo grotescamente de la sirvienta con la falda de campesina. Nos perdimos, sentimos pánico, benditos celulares que hicieron contacto y nos enviaron a todos a la barra por la última botella de agua porque cerveza ya no había. Ahora la entrada era un desierto y la salida un mercado de pulgas; millones de pulgas esperando la devolución de sus vehículos. Supusimos que podríamos esperar por siempre, que no tenía sentido estar ahí, entre las pulgas voladoras del circo, parados como idiotas en un jueves de cálida noche... pedimos instrucciones sobre cómo dirigirnos al depósito donde debiera estar encerrado nuestro coche, sabíamos que éramos mucho más inteligentes que la bola de retrasados mentales obedientemente formados. Alguien dijo que habían encontrado el paradero, que sólo diéramos vuelta a la derecha y ahí veríamos una blanca reja donde podríamos solicitar fuera devuelto el coche.
La reja no apareció.
Caminamos.
Por la calle más malandrina de la ciudad.
Oscuridad.
Ni prostitutas había.
Y tres pequeños individuos de no más de un metro setenta de altura, caminaban mordiendo sus uñas junto a la niña más fresa de cinco kilómetros a la redonda.
Terror.
"Disculpe joven, ¿dónde hay un gucci por aquí?"
La reja no aparecía.
Al final de la calle finalmente se ve la reja... parece un mercado, de flores... de hierbas.
El coche se encuentra dentro, subiendo la rampa- dice un gordo grasiento aparentemente a cargo del danzar vehicular.
Que suba uno sólo. Los demás sigan caminando por la calle hasta que encuentren la rampa.
- Qué flojera terrible caminar.
- Que miedo.
- Y ustedes no traen tacones.
- Bueno, bueno, yo voy por el coche.
- Cuidado mijo, el que se separa, generalmente es asesinado.
- O violado.
- O no vuelve nunca.
- Se muere.
Y se fue... solo. Los demás caminamos otro buen trecho, ahora lo que no aparecía era la rampa, y cada vez éramos menos. Lo más seguro es que otro –el que sólo se fue- no volviera jamás.
Llegamos a la rampa. Se leía un gran letrero con el nombre del mercado. Ahora todo tenía más sentido, efectivamente no vendían flores, sino hierbas y ni siquiera de las populares, sino las hierbas del mal de ojo, para el vudú y la magia negra. El mercado era la colonia completa. Una gran factoría vegetal, en la puta madre.
El coche no aparecía, sonó un celular y era el otro que seguía vivo, informaba haber encontrado su automóvil pero sin las llaves; lo más seguro es que estuvieran perdidas y que tuviéramos que llamar a la aseguradora.
Y yo que dejé mis llaves y mi bolsa dentro.
Suplicamos que intercediera por nosotros ante los gorilas porque la calle estaba como boca de infierno y la chica fresa no dejaba de decir sandeces con respecto a la línea del metro volador.
Pero como todos los jueves, apareció una festejada. La estúpida anfitriona gordinflona y morenaza había guardado las llaves del conductor en su cangurera pues, como minutos después nos informaron, era su primer día en el trabajo. Otro chofer salió en un auto y nos ofreció un aventón pues el coche estaba, aparentemente, en otro estacionamiento.
Subieron a los cuatro fulanos en aquel coche, donde pensaron que sino habían muerto ya balaceados, tendrían la oportunidad de reiterarse con un secuestro… de aquellos que son veloces y no requieren recompensa; ya saben, para no perder el estilo.
El chofer dio la vuelta, fue en este momento donde explicó que la chica era nueva, que el evento fue un caos, que el coche donde estábamos trepados pertenecía a otro fulano que seguramente seguía formado esperándolo fuera del local, que las patrullas andaban sangrando. Quiso bromear y dijo “ahora espero que no se hayan llevado el coche de veras"... Realmente los cuatro estábamos callados, no se si por miedo al hecho de habernos subido a un coche desconocido o por miedo a contagiarnos de los fluidos corporales tan típicos en coches de adolescentes adictos al ruido y a los eventos en lugares punketes.
Dimos vueltas tratando de imaginar si estábamos cerca de la carretera, por el aeropuerto, al centro de la ciudad o en la calle de las más putas y donde travestidos están hasta los patos. Y de pronto, la niebla se fue y la noche clareó, la avenida resultaba familiar, habíamos simplemente dado la vuelta y de nuevo veíamos los remanentes de una fila ahora despoblada de pulgas voladoras y el circo cerrado. Sólo habíamos dado la maldita vuelta.
Impresionante... el coche seguía ahí, donde lo dejamos tres horas antes. No podía estar prendido porque hubiera sido un exceso, una mala pasada. Los cuatro permanecen sentados, anonadados, reinciden los ataques de risa, al parecer son los últimos invitados del lugar y la acomodadora había olvidado que siquiera existían. A nadie se le ocurrió mover el coche, a nadie.
Bajamos de un coche que no era nuestro, no era de nadie, ni del chofer… subimos al mismo coche que nos sacó del sur, y que permaneció varado como un buen imán mientras el concierto se llevaba a cabo.
Antes de arrancar un tipo se acercó. Pudo bien haber sido el tercer intento suicida de la noche, no una balacera, ni un secuestro... algo tranquilo como un robo de carteras. El individuo tenía mal talante, estaba devastado, se notaba claro que tuvo un ataque de histeria no muy lejano, llevaba mucho tiempo deseando aparcar el trailer con la mercancía para el mercado de hierbas y polvos, pero un diminuido carrito le impedía el acceso. Curioso que no lo hubieran hecho a un lado con la pura defensa del doble-semi-remolque.

¡Sonic youth hermanos!



Veintitrés años les tardó venirse a parar al tercer mundo chilango.
Los mismos que me tardé yo en nacer e ir a verlos. Y que llegamos y que escuchamos la música y que bebimos y que salimos y que esperamos el coche y que no llegó y que uno se fue y nunca más volvió.


Lo demás... no importa.