19.10.04

special

Estoy viviendo sin ti, aún sabiendo que respecto a tu persona y tu alma, mi ser lo conoce todo, absolutamente todo; pero tú no estás aquí. Recuerdo ahora que no estás, cómo me divertía la manera de humillarte cuando no tenía yo otra cosa más importante a la cual responder o simplemente por aberración propia. Llegué al punto de destrozar tu ego y repartir los restos por entre las calles de ésta, nuestra desolada ciudad... y el colmo, lo menos inexplicable es que realmente y con toda honestidad llegué a amarte; a adorarte al punto de jamás olvidarte, pero nunca te pude seguir el paso, jamás he sido un animal enjaulado, sabes bien que no soporto el encierro y menos contigo, por eso me fui. No había nada que no pudiera hacer y lo admites bien, pero me mantuviste en una especie de bóveda, simulando una garantía a tus propios miedos e inseguridades superfluas. Varias veces me atreví a preguntarte acerca de tus metas, acerca de tus más anhelados sueños, pero no tienes opinión, ni siquiera mente propia. Pensé que eras especial y por eso estuve contigo, pensé que lo sabías y ese fue mi error. Así que me desquicié, una historia perdida fue la nuestra y ahora no me puede importar más por el simple e indiscutible hecho de que mi alma no lo soportaría.

Esta tarde, mientras encendía las lámparas de la alcoba para poder pensar mejor, recordé lo tanto que abusaba de tu pobre incredulidad, pero nunca quise hacerlo de mala intención, tal vez fuere que no concebía el hecho de que hubiese alguien con tan poca autoestima, con tan poco amor hacia sí mismo como yo; hasta que te encontré. Tú me superaste, me arrebataste el título de derrotista y eso te lo agradezco, porque sin razón aparente siempre estuve buscando algo que me aliviara la vida y me alegrara el alma, y con tu sufrimiento y tus múltiples fracasos ante mi lo conseguí; pero ahora ya no estás y he vuelto a esa tan aparentemente lejana soledad que antaño me invadía y ciertamente llegué a anhelarla mientras estuve contigo; ahora te anhelo a ti.

Por la noche, cuando Amelia terminó de escribir, no se sentía del todo bien. Suponía, algo dentro de ella, que faltaba otro tanto para estar normal (si se le puede llamar así a su estilo de vida). Como de costumbre, apagó las velas del corredor una por una, sin dejar recodos de cera por entre los candelabros y, para no perder la costumbre, fue recitando el escalofriante sermón que solía decir a Horacio mientras estuvieron juntos en aquella casona. Ni una palabra sobró, ella tenía métricamente dominado aquel discurso que repetía noche tras noche ante la inminente derrota del adversario; su gran y único amor, aquel que la había hecho ser lo que era ahora: una gran mujer de mundo con estrictas metas y promesas inquebrantables.

La mañana asomó hermosa, era increíble en ese tiempo invernal (¿o mejor dicho, infernal?) de enero. Amelia despertóse con los trinos de los pájaros que invocaban a todo ser viviente a escuchar sus bellos cantos para regocijar el espíritu. Como era de esperarse de aquella figura maquinal, Amelia encendió un cigarro antes de estar completamente consiente y después de terminado éste, se levantó dispuesta a preparase para aquel incierto día. De cualquier manera, la noche anterior la había pasado realmente mal y tenía en la boca un sabor de cobre. Aunque solía reclamar de todo lo que hacía Horacio, siempre y muy en el fondo, quiso ella ser como él; odiaba su manera idealista de ver la vida, pero ella jamás había sido capaz de idear una forma tan perfecta para soportar la cruel realidad y Horacio tenía la clave que irrefutablemente ella negóse a aceptar, aquella clave era la de hacer caso a los sueños porque cierto es que la vida no es un sueño, pero bien se necesita de éstos para poder soportar la existencia misma. Sin embargo, Amelia no tenía aquel ideal y jamás pudo ser feliz, con o sin Horacio.

Al caminar rumbo al cuarto de baño, Amelia distinguió entre los ruidos cotidianos, uno que no le era familiar; el tocar de la puerta. Lentamente bajó las escaleras en busca de una respuesta a aquel nuevo sonido, pero ya ante el umbral del portón, pudo enfocar a contraluz una figura masculina detrás del cristal; efectivamente era Horacio.

-¿Se puede saber qué demonios haces aquí?
-Vengo por ti, y lo hago por el hecho de que te amo.
-Ahora si que está bueno, hoy estás aquí suplicando por otra oportunidad. No hay manera, ni en el mismo infierno, de que te deje pasar. Dime una cosa Horacio ¿acaso no tienes autoestima?, ¿realmente no hay nada dentro del óvalo que pende de tu cuello? Sinceramente, no se cómo alguna vez llegué a pensar que eras especial.
-No he terminado de llegar cuando ya me estoy arrepintiendo, pero antes de que eso suceda te voy a decir lo que vine a decirte. Yo jamás pensé que hubiera tanta frialdad en tu alma, que no pudieras querer a alguien por lo que era no por lo que pareciese; no por si se parecía a ti. Si hay alguien que en efecto no tiene nada de especial en este cuadro, definitivamente ese alguien eres tú. Que lástima me da que termine esto así, pero estoy cansado de rogar por tu amor, si no quieres dármelo, entonces indigéstate con él. Que tengas un feliz día y una excelente vida Amelia, es lo único que te deseo. Porque estoy que me colma la paciencia contigo, estoy harto de tus comentarios sarcásticos y de tu extrema violencia, ya no me puedes importar menos... yo lo único que buscaba era amor.

Él le ahorró el trabajo de cerrar la puerta azotándola al partir.
Y en efecto, tal como le deseó Horacio, Amelia tuvo un excelente día y una excelente vida también... aunque corta ya que aquella noche, sin causa aparente, ella murió indigesta de un amor fallido.